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sábado, 12 de febrero de 2011

lunes, 7 de diciembre de 2009

viernes, 19 de junio de 2009

Cien años de Errol Flynn, el clásico dandi seductor de Hollywood

Antonio Martín Guirado
Los Ángeles (EEUU), 19 jun (EFE).- Los ecos de las espadas que empuñó y las juergas que se corrió Errol Flynn, el gran dandi seductor de la época dorada de Hollywood, tan atractivo como mujeriego, aún resuenan en la meca del cine cuando se cumplen mañana cien años de su nacimiento.
No dejó un cadáver bonito. De hecho, el forense que le practicó la autopsia se sorprendió de que hubiese alcanzado los 50 años -edad a la que murió- al comprobar el estado de sus órganos, prácticamente aniquilados por su adicción al opio, el abuso del tabaco y los efectos del alcohol.
Hacia el final de su carrera, se dice que a Flynn, que murió en octubre de 1959, le costaba horrores recordar una sola línea de diálogo en sus películas, a pesar de ofrecer grandes creaciones, como la del Mike Campbell de The Sun Also Rises (1957) o el John Barrymore de Too Much, Too Soon (1958), casualmente dos grandes bebedores.
Pero antes de llegar a ese final fue representante durante años del esplendor en la hierba, aderezado con todo tipo de escándalos sexuales, titánicas borracheras y mitos que se debaten entre la exageración y la ficción: "Marilyn Monroe llegó a contar que tocaba el piano con el pene en sus fiestas privadas", escribió el propio Flynn en su autobiografía póstuma: My Wicked, Wicked Ways.
Nacido el 20 de junio de 1909 en Hobart, una localidad de Tasmania (Australia), hijo de un biólogo y una mujer de la alta sociedad, tras ser expulsado de todos los colegios a los que asistió decidió buscarse la vida como boxeador aficionado, buscador de oro, marino mercante e incluso, dicen, castrador de ovejas.
Fue en 1935 cuando la oportunidad llamó a su puerta. Tras haberse dedicado a la interpretación como pasatiempo, su belleza y encanto atrajo la atención de los Warner Brothers y le reclamaron para el papel principal del bucanero Captain Blood, ya que la primera opción, la del británico Robert Donat, se había descartado por compromisos profesionales de este.
Ésta fue la primera vez que trabajó con Michael Curtiz, director de Casablanca, con quien volvió a colaborar en otras once ocasiones a pesar de la conocida enemistad que les separaba, debido en parte a que Lili Damita, primera esposa de Flynn, fue antes la segunda mujer del realizador húngaro.
Flynn no solo convenció a todos en la industria sino que se convirtió en el perfecto sustituto del héroe de aventuras que años atrás había encarnado Douglas Fairbanks, otro de los grandes Ídolos de Hollywood, que decidió retirarse un año antes.
Así llegaron títulos como The Charge of the Light Brigade (1936), The Dawn Patrol (1938), Dodge City (1939), The Private Lives of Elizabeth and Essex (1939), The Sea Hawk (1940) o They Died With Their Boots On (1941), aunque el título por el que siempre se le recordará fue el de The Adventures of Robin Hood (1938).
A nadie le sentaron mejor las mallas en el cine. Tanto fue así que a los Warner Brothers les salía tan rentable el negocio que no se cansaron de encasillarlo en personajes heroicos, algo de lo que se quejó el propio Flynn.
En aquella autobiografía relataba: "Según pasaban los meses y los años, los papeles estereotipados que interpreté me restaban ambición por hacer mejores cosas o esperar poder hacerlas en Hollywood", una reflexión que conectaba con sus desenfrenos fuera de los platós.
"No sé hasta qué punto esto de empuñar tantas veces una espada o montar un caballo ha provocado mis rebeliones, mis grandes juergas y mis payasadas por todo el globo, pero creo que tiene mucho que ver", añadió.
El ego de Flynn también quedó dañado cuando se le denegó participar en la II Guerra Mundial debido a su historial de tuberculosis y malaria, lo que agravó ese conflicto entre su rutilante imagen en Hollywood y sus objetivos personales.
En esa autobiografía también admite que se enamoró de Olivia de Havilland, su compañera de reparto en nueve películas, con la que formó la gran pareja cinematográfica de la meca del cine en aquella época.
"Sí, nos enamoramos y creo que eso es evidente en la química que desprendÍamos en pantalla", declaró recientemente la actriz, de 92 años. "Pero sus circunstancias en aquel tiempo impidieron que la relación fuera adelante", añadió.
Por entonces Flynn estaba casado aún con Damita, y al término de ese matrimonio (1935-1942) su carrera profesional, tras sus colaboraciones con Raoul Walsh a finales de la década de los 40, emprendió el declive, al que acompañó su rápido deterioro físico.
Él mismo lo justificaba: "Pretendo vivir la primera mitad de mi vida. No me importa el resto". A buena fe que lo cumplió. EFE

lunes, 23 de marzo de 2009

Factótum

¿Crees que ya has pagado por tus pecados?

Mickey Rourke:
Aún no. Estoy en ello. Es un trabajo diario. Para empezar tengo que controlar mi propia naturaleza, esa facilidad para la confrontación que siempre me ha acompañado. Me ha costado una eternidad crecer y madurar. Pero no quiero convencerme de que ya estoy bien porque puedo volver a caer. Ya me pasó una vez y no quiero repetirlo. La vida es demasiado corta como para cometer esos errores. Ahora sólo quiero trabajar. La gente me dice que he vuelto, pero no siento que sea así. Cuando llegas tan abajo y permaneces allí durante tanto tiempo, no tienes la sensación de que vuelves de ningún sitio. (Tomado de la entrevista para Revistaman.es)
Henry Chinaski, el gato callejero, el vicioso artista, el perro viejo, de él tengo una imagen desértica, como los parajes californianos entre moteles y empleos fallidos de aquel uno más que no calza en el criticado estructuralismo del estilo de vida americano en Barfly, de Barbet Schroeder. Factótum, la historia literaria para una road movie, solamente se pudo llevar a cabo con la imagen de Mickey Rourke. De Henry Chinaski-Charles Bukowski, Rourke por sí mismo es una crítica al molde, partiendo desde el patrón de actor (anti-apuesto, anti-galán) hasta el modelo de personajes que interpreta, Chinaski es aquel que por antonomasia cumple a cabalidad el papel de un outsider físicamente desagradable opuesto a la norma. En Spun, de Jonas Ackerlund. Esa fue la primera vez que vi a Rourke de vaquero contemporáneo ciento por ciento gringo con botas de piel de culebra. Su personaje, The Cook, un dealer, otro motivo más para hacer de él -a su vez- un modelo innovador de esa época para el nuevo cowboy que juega con la mafia y el narcotráfico; el otro motivo es su personaje, Marv, en Sin City. Es siempre hombre duro, imposible que al menos físicamente sea lo contrario, si se conoce que Rourke fue boxeador, carrera que le dejó cicatrices en el rostro, así como fanático de las motocicletas. Pero en ese lado instintivo actoral de Rourke, sea una caricatura como The Cook o el del escritor sumido en la decadencia, hay olas de un talento hipersensible que denota precisamente un actor real que se basa en un continuo ensimismamiento dentro sus personajes. Es el mismo Rourke el que sale a la luz. Son sus vísceras y sus pasiones, como sus frustraciones y vicios en carne viva. Y si se trata del Rourke visceral que llega a ser sexual, desde este punto lo hizo muy bien en 9 semanas y media y lo intentó repetir en Orquídea salvaje. En la primera, es un joven Rourke con la pasión de un personaje y un actor que no necesita la belleza tradicional para ser hipersexual. En él, tanto como en otros actores, su sexualidad no parte de la estética masculina establecida por Hollywood, sino de su exacerbada pasión y talento para ser él mismo siendo cualquier personaje aunque no afin a su temperamento innato. Rourke, así, se transforma el mismo en un ícono, sin necesitar de un patrón o molde; en él se basan varios otros actores más jóvenes.
Bukowski espantaba desde niño, era raro, era feo. El rechazo quizá además sea un cliché en la vida de los desadaptados convertidos en artistas, como Janis Joplin rechazada en la universidad por su forma de vestir y su belleza “no convencional” con una voz antifemenina. Bukowski y Janis sufrieron por su fealdad y elaboraron corrientes artísticas cada uno por su lado con sus vivencias que trasgredieron las historias tanto de la literatura como de la música. Rourke logró ser tan parecido a Bukowski. La belleza está fragmentada porque la estética de belleza convencional también refleja una estructura, unos parámetros de armonía que están relacionados con la idea de bien. No hay belleza externa en los personajes de Rourke, hay profundidades infinitas de pasión, hay condumio y esencia de seres fuertes que buscan un auténtico destino no-destino. Recién lo vi actuando en un circo-cuadrilátero, en los espectáculos de lucha, maquillándose para los shows en vivo, para ser Randy “The Ram” Robinson que de caricatura y de personaje decadente se aglutina en uno solo. Rourke arma su personaje al pintarse el pelo de rubio, broncearse, ponerse una gillete en las muñecas para sacarla a escondidas y cortarse la cara, y así agregar más drama al show de lucha, pero Rourke también deconstruye este ícono del triunfo en el ser solitario que es Randy en la vida real, abandonado y sumido en la enfermedad. Así su personaje de antihéroe magistral, minuciosamente construido, va más allá de esa imagen mediática que tiene en los bajos mundos de la lucha porque en The Wrestler es un humano que sufre por si ineptitud ante la convención. Al ser “The Ram” triunfa, como hombre común pierde; es imposible dejar al “The Ram”, y pone en riesgo su cuerpo enfermo adicto a la cocaína y drogas analgésicas. Amante del heavy metal y glam ochentero y asiduo habitué de clubes nudistas, así es Randy como estrella underground y como hombre persigue una figura femenina, tanto a Cassidy, streaper con quien de alguna forma siente que hay algún lazo, inexistente con otras personas, como a su hija Stephie, con quien busca recuperar una relación arruinada por el estilo de vida del luchador. Randy busca lazos, "The Ram" busca deshacerse de ellos para romper con una forma de vida “normal” a la que no se acostumbra jamás.

Porque se levantó de una vida sumida en las profundidades de la perdición, dicen que con The Wrestler, Rourke “regresó como el Ave Fénix”, lo que le dio más fuerza mediática; además este filme le valió los premios BAFTA, Spirit y Globo de Oro como Mejor Actor en un drama. Esta vez de la mano del director neoyorquino Darren Aronofsky (Pi, Requiem for a Dream), Rourke alcanza una actuación sustentada en la fluidez de sus facetas tanto ícono como hombre. Así vuelve el Rourke, el que fue escritor, máquina de follar (como le diría Bukowski), dealer, motociclista y ahora luchador como si cada interpretación fuese una faceta suya propia en la vida real; no obstante de su exitoso y triunfal regreso, él siente que “no volvió de ningún sitio”.

jueves, 19 de febrero de 2009

El beso de Latika y Jamal, obra maestra de Danny Boyle


'Latika’s theme' sella el beso de Latika y Jamal al estilo de Hollywood en el final de Slumdog Millionaire. Todos los besos son distintos aun cuando son obligación entre los ingredientes de una película comercial. Entre el fetichismo y la cursilería del beso suplicado por el espectador, los besos no dejan de ser exquisitos y parte del erotismo “requerido”: arrancan escenas y también constituyen el final de cientos de filmes clásicos y contemporáneos: Casablanca, Lo que el viento se llevó, Gilda, Wild at Heart, Betty Blue, Bram Stoker’s Dracula, Crash… El beso que ahora recuerdo es el de Elizabeth y Jeremy en un café en medio del sueño de ella dormida en plena barra en My Blueberry Nights o el beso acuático de Lucy y Jude entre blanco y aguamarina en Across the Universe. Estos dos han sido los besos más dulces que he visto en los últimos tiempos. No deja de desbordar ternura el de Latika y Jamal. Más que el beso conservo la imagen de la cicatriz de puñal de Latika en su mejilla que Jamal había besado anteriormente…



El director británico Danny Boyle mató dos pájaros de un tiro con Slumdog Millionaire, una obra de arte vintage, superior a su famosa Trainspotting, de 1996. Y eso que esta última marcó un hito con mi generación, la X, la grunge: Trainspotting era diferente, lo que la teoría de la imagen estaba pidiendo en el momento: más que una obra estética, una oda a la estética posmodernista del videoclip: rapidez, fragmento, exquisita musicalización, outsiders....como en la literatura de la generación Prozac a la que me he referido en anteriores posts. De la amalgama de películas distintas que este realizador ha presentado al público (Shallow Grave, La Playa, 28 días después, A Life Less Ordinary), Trainspotting siempre fue la más irreverente, es parte de los íconos de mi generación y así definitivamente está centrada en el trono que le pertenece.

Slumdog Millonaire une Oriente y Occidente y de esta manera Boyle crea una obra maestra. Con esta cinta nos eleva a otro tiempo, uno nuevo, en el que el sincretismo es la madre de las artes y en el que los temas enmarcados en Trainspotting ya son lugares comunes en la trama de los actuales largometrajes. Los barrios bajos se han convertido en un tema recurrente al igual que la violencia y la situación paupérrima de los habitantes de las ciudades del Tercer Mundo; es tan explotado este motivo que nos hemos saturado de diversos filmes de este calibre. Por eso el director británico mata dos pájaros de un tiro: Por un lado, al manejar la cinta una ambigüedad marcada en su historia: pobreza-riqueza, genialidad-ignorancia, belleza-fealdad, etc., muestra el mundo indio visto desde los ojos de Boyle tremendamente pobre y además violento. Esto no en vano le debe haber valido pertinaces críticas que se enfocan en el espíritu exótico de la India percibido por un extranjero occidental que construyó con estos parajes un mito que ya ha sido ensalzado en las obras de arte desde épocas antiguas.

La imagen de la India, de antemano, ya tiene miles de shots. Pocos latinoamericanos la conocen pero todos hablamos de ella con si fuera parte del mundo occidental, quizá ahí yace el “error” en el que cayó Boyle...la occidentalizada india entra en el mundo cinematográfico de Occidente, la desdobla, transfigura, la presenta y la vende, claro luego de haber sido desconstruida previamente por el autor del libro ¿Quiere ser millonario?, Vikas Swarup, como el imaginario que fácilmente engancha al público que no es de Bollywood. No obstante ¿quién tiene la razón? Con el tema de la globalización sobre el tapete, la India como leit motiv nos pertenece a todos quienes hemos visto u oído acerca de ella y su cultura, el peligro está en caer en el manejo trillado de un mundo al que se le conoce solamente por un factor desde el punto de vista de Occidente que percibe los parámetros de la existencia en la estructura, el trabajo, la limpieza, el respeto, el orden, la riqueza, la no-violencia, la belleza.... Por otro lado, Slumdog es un éxito comercial, aunque criticado en India y aclamado en Occidente, es una megaproducción taquillera que recibirá muchos premios. Sé que pasará a ser parte de la lista de las mejores películas de todos los tiempos.
Ya doblemente occidental la imagen de la India y Mumbai en Slumdog, el largometraje además transmite una profunda sensibilidad, la de su protagonista: Jamal Malik, el slumdog (perro de los suburbios), que juega a convertirse en millonario, y que sin instrucción escolar y ni siquiera genialidad, las sincronizaciones de su vida en momentos sumamente crudos son la clave de las respuestas para que gane en el programa ¿Quién quiere ser millonario? Jamal y su hermano Salim no se escapan de la fatalidad de una vida pobre y en la que debido a la violencia pierden a su madre. El destino en la calle los llevará a una vida aun más abrumadora en la que la búsqueda del amor de Latika (una niña que conoce en su infancia) por parte de Jamal es el único hilo del que pende su vida. En medio de este paisaje totalmente pesimista, llega el fin de Hollywood...besa a Latika, un verdadero himno a la belleza entre los miles de besos filmados en el séptimo arte.

El filme mezcla su vida pasada con las preguntas del presente cuando Jamal, un asistente de locutorio, es invitado al programa. ¿Una de les escenas más crudas? Cuando Jamal quiere ver a toda costa a su actor favorito, el considerado Rambo indio, y debe saltar a una poza llena de excrementos para poder salir de la letrina en la que se queda encerrado. Y al pobre Jamal no le importa estar literalmente embarrado de mierda sino conseguir un autógrafo que finalmente le causa una gran pelea con su hermano. Se trataba del actor más popular de la India y en él se centraba la primera pregunta del anfitrión de ¿Quién quiere ser millonario? ¿Cómo no va a conocer Jamal la respuesta si por este actor se embarró de mierda? Jamal (Dev Patel) aunque neófito es el mejor logro en el filme. Encarna la humanidad en la mitad del desgarrador vaticinio de la maldad de sus pares, incluso de su hermano que llega a ser parte de aquellos seres “malos” que buscan sobrevivir en un mundo perverso.

No hay duda de que estamos en un mundo en el que la estética es el elemento en el que absolutamente todo gira alrededor. Slumdog Millonaire no se escapa de esta ola cultural, no obstante tiene agregada una historia armada con ingenio que mezcla pasado y presente con sutil fluidez e irreverencia. El beso final de Latika y Jamal no es cualquier beso, es la unión de un ser absolutamente bueno a pesar de la maldad con la que le toca crecer y la imagen de su madre perdida que encuentra en la indefensa Latika.

jueves, 1 de enero de 2009

Entre Vicky Cristina Barcelona y Alaska



Fangoria es indudablemente muy gay como lo es Miranda, gay especialmente por su estilo “nena popera”, y sintetizadores y demás, y la androginia tan expuesta en este blog. En esto nos da clases la mismísima Alaska, la reina del new wave español. Esperé dos semanas para poder descargarme del eMule el disco de Platino de Alaska, quien ahora es parte de Fangoria; al fin hoy pude escuchar el álbum completo y hacer un flashback en mi historia de percepciones musicales: más que una artista Alaska es un estilo. De esta forma empecé el año, con mis nuevas extravagancias en lo que a música se refiere, un papel contact para forrar mi agenda de Mafalda y tanques de tinta adicionales para mi estilógrafo. Con las manos ocupadas y actividades prácticas en proceso es que logré divisar a Vicky Cristina Barcelona mientras en mi casa mi laptop aún continuaba descargándose el CD de Alaska. ¡Vicky Cristina Barcelona estaba en un estante de películas piratas!

Con tres palabras clave en un fondo negro, el título del último largometraje de Woody Allen, Barcelona, la ciudad, lo es casi todo en el filme, este como un llano monumento arquitectónico entre la genialidad de Gaudí. Eso es Barcelona, superior a los nombres de las norteamericanas Vicky y Cristina, esta última representada por una favorecida de Woody Allen, Scarlett Johansson, una de la mayores expectativas en este trabajo tanto por su talento como por su clásica sensualidad. La historia: dos norteamericanas viajan a Barcelona; la una, pregonadora de la liberalidad; la otra, la conservadora prenunpcias, que se encuentran con el Apolo de la historia, Javier Bardem en el papel de Juan Antonio Gonzalo, el pintor y multifacético artista de caótico pasado amatorio. Este las invita a pasar un fin de semana prometedor en Oviedo y termina involucrándose con la rubia Cristina, luego con Vicky, y después con su ex esposa la autodestructiva María Elena, la Gala contemporánea, a la vez que con Cristina, y con quien conforman un menage a trois.


La cinta es tal vez un tratado sobre las relaciones con un ojo intelectual: un artista y su intensa ex mujer, musa de genios y bisexual; la señorita liberal que se busca a sí misma, que se ve inmersa en sinnúmero de historias, y que encuentra en la fotografía uno de sus futuros talentos (Cristina) y la estudiosa de la cultura, que no tiene talento, que se roza con la clase alta empresarial de los Estados Unidos y que le es infiel a su futuro marido (Vicky). En esas absurdas redes en las que la intensidad de caracteres construye incluso arquetipos psicológicos se pone en tela de duda la monogamia y las convenciones morales en todo tipo de relaciones. No son fieles a nadie, ni a sí mismos, en la amistad Vicky-Cristina, entre María Elena y Juan Antonio, además de Vicky y Doug, Judy y Mark, y entre Cristina y María Elena, quien se siente traicionada al osar decir Cristina no sentirse satisfecha en un triángulo amoroso de estilo artista de vanguardia. Esto con un paisaje bucólico que emite un aroma de infelicidad: los personajes no son fieles a sí mismos y por serlo están insatisfechos.

Barcelona es la piedra preciosa del largometraje de Allen (mi cinta favorita de este director hasta ahora es Matchpoint). Esta ciudad es luz, con su arte, y calor con un intenso y fino erotismo, que se desnuda como paisaje de estas dramáticas relaciones. Considero que Barcelona es la protagonista del filme, la clásica Barcelona que imprime una especie de Renacimiento para la trama de esta historia, que la deja fluir y que al fin se termina entre poetas y pintores, y la belleza de las musas del ambiente intelectual. Vicky Cristina Barcelona es una historia de moda europea, contada naturalmente. Dentro de ella distorsiona María Elena (Penélope Cruz) que no deja de ser la melodrámatica mujer chillona y sobresale Juan Antonio (Javier Bardem), que aunque encarna al típico artista europeo, lo hace con espontaneidad. Allen buscó reales musas, hermosas y talentosas, para una historia contemporánea light, pero muy divertida y con un garbo que no suelta las exquisiteces de un ambiente culto e incluso elitista.

Empecé bien el año, con el estreno más esperado de España en 2008, y también con la canción Vicky, de Alaska y Los Pegamoides. Qué gay suena Fangoria no obstante es también una historia de moda española en Europa.

domingo, 31 de agosto de 2008

"Mi habilidad es ser capaz de captar toda la energía y el tiempo y la pasión que se requiere para hacer una película"


De la exposición de afiches cinematográficos del ecuatoriano James (Jaime) Verdesoto realizada en Quito, en el Centro Cultural Itchimbía, hablaré de dos pósteres; en principio por mi afición a tales películas y por el logrado diseño de cada uno de ellos. Verdesoto afirmó que antes de rayar un afiche se obsesiona con dicho trabajo y se empapa de la trayectoria artística de los directores de los largometrajes con los cuales debe elaborar el material publicitario, que vendría a ser un elemento más en comparación incluso con los recursos cinematográficos como la banda sonora o el mismo guión de la cinta. Por esta razón creo que el afiche constituiría uno de los elementos esenciales de la película, en este se conjuga la propaganda del filme con su esteticismo individual; así, el póster se transforma en una obra de arte pop.

Es innegable que el rostro de Emanuelle Seigner acapara la atención con la claridad que imprime en la parte superior del papel, que se equilibra con la posterior, oscura, donde se observa a quien representa a Jean Michell Beauvy, en la película de Julian Schnabel. Los principios básicos del diseño se ponen de manifiesto así como la estructura, la línea recta, la simpleza de la ubicación del texto, el principio de los espacios en blanco. Todo remite a la sobriedad, la clave del diseño norteamericano y sobre todo vendedor porque es digerible. Y esa simpleza en la cual se puede leer: “I can imagine anything, anyone, anywhere” evoca la libertad, explotada por el director de la cinta mediante la obra del personaje principal y varios referentes más. Ya que puse sobre el tapete a Emanuelle Seigner, acabo de descubrir su trabajo con Ultra Orange, una agrupación alternativa indie que se unió a Seigner para elaborar una parte de la banda sonora de La escafandra y la mariposa.












Por otra parte tenemos a My Blueberry Nights, el último filme de Wong Kar Wai. Esta preciosa obra es una alabanza a los sentidos del espectador. En su afiche, Verdesoto utiliza tonos muy brillantes, luces, los mismos elementos fotográficos que usa el director hongkonés. Con tres caras femeninas expectantes y luces intermitentes en el centro está omnipresente la búsqueda de cada una de ellas. La ubicación del texto es quizá menos convencional sin escaparse de los principios básicos del diseño porque de todas formas es parte de la secuencia visual de quien admira este trabajo. Como una roadmovie, los letreros de las carreteras, las avenidas y las luces de los carros en la noche son claramente divisados. Esto se conjuga con los ganchos de marketing del texto: “From the director of In the Mood for Love”, y Norah Jones y Natalie Portman como personajes famosos del largometraje.











El ecuatoriano James Verdesoto llegó a la Gran Manzana a raíz de la migración de sus padres a los Estados Unidos. No obstante, Verdesoto creció en la Nueva York del Museo de Arte Moderno y Parsons, The New School for Design, con influencias de la estética de Andy Warhol, Material Girl de Madonna, la fotografía de Francesco Scabullo de Gia Carangi, Studio 54 y los desfiles de moda de principios de los ochenta. Rayar un póster no significa tentativamente vender una película sino reseñarla en imágenes e incluso hacer una crítica de ella. “Yo diría que mi habilidad es ser capaz de captar toda la energía y el tiempo y la pasión que se requiere para hacer una película, y obtener esta pequeña imagen representativa colgando en sus paredes para siempre, sin que te empalagues de verla, porque no se trata solamente de vender entradas, sino de capturar la estética del filme y de representarla”, dijo Verdesoto en una entrevista que le hizo Pablo Cuvi para la revista Diners.
Entre los afiches más reconocidos de este ecuatoriano se encuentran los de Pulp Fiction, The English Patient, The Piano, Before Night Falls, Snatch, I shot Andy Warhol, etc.

martes, 20 de mayo de 2008

La escafandra y la mariposa, una oda a la libertad

¿Qué nos separa de la irrealidad, de la prestidigitación, de un mundo de ensoñación? La carne, la materia, lo mundano. Finalmente el cuerpo, como en la Edad Media, podría ser una aberración que nos desvía de nuestras verdaderas intenciones y pensamientos, por el hecho de que una idea se filtre por los procesos químicos de las neuronas y el resultado no sea el símil de aquella idea primigenia. La idea se convierte en palabras, y la palabra es el disfraz de un pensamiento, una falacia a la que se refería Nietzche, que nos desconecta de lo que realmente hay detrás del lenguaje.

El hombre usa un lenguaje para comunicarse, pero desde ese punto ya no es del todo libre, se puede ser más libre solo en la libertad del pensamiento y en la genialidad de las creaciones de la imaginación. El cineasta Julian Schnabel apuesta por la mariposa que representa el vuelo de la libertad de la ensoñación en su última película, La escafandra y la mariposa, ganadora al premio como Mejor Director del Festival de Cannes en 2007, una de las mejores obras fílmicas de los últimos años, no tanto por la grandilocuencia del tema, sino por la hipersensibilidad que el director utiliza para llevar a la pantalla grande un libro que se enmarca dentro de la literatura francesa contemporánea

El cuerpo humano, ese conjunto de venas y humores, puede de pronto transformarse en una cárcel, en una celda monstruosa, que a su vez podría dar pie a la libertad imaginada, construida con un pasado, amoldada a un presente, con el peligro de desvanecerse en el futuro. En la muerte. Je veux mourir…¿esto es la vida?, piensa para sí mismo Jean Dominique Bauby, protagonista del filme, el ex director en jefe de la revista Elle, luego de sufrir un ataque cerebrovascular que lo conduce al estado del síndrome de cautiverio. Está irremediablemente atrapado en su propio cuerpo, tiene conciencia del mundo exterior, entiende, procesa ideas normalmente, pero no puede moverse ni hablar. Completamente paralizado, lo único que le es útil para comunicarse es su ojo izquierdo: un parpadeo para decir sí y dos para decir no.

La forma cómo está construida la película nos lleva a un recorrido por la introspección de Bauby. Desde su enfoque nos muestra su mundo exteriormente silente no obstante caótico. Bauby tiene mucho qué decir aunque ahora esté en una silla de ruedas, lo bañen como a un bebé como él cuenta, o le tengan que limpiar cada tanto la saliva que cae desde sus labios paralizados, tiene mucho qué expresar porque también ha nacido implícita la figura de la mariposa como contraposición de la escafandra que no lo deja ni respirar con libertad.

A Julian Schnabel se lo había conocido por dos obras cargadas de una sabia sensibilidad, Basquiat, la exaltación del pintor del grafiti neoyorquino, Jean Michel Basquiat, y otra biografía acerca del escritor cubano Fernando Arenas en Antes de que anochezca. Ha sabido acertar al escoger los actores de sus obras, un ejemplo claro lo fue Javier Bardem, quien ha fungido en sus papeles, entre otros, de un escritor que muere de sida o un asesino a sueldo, ahora con Mathieu Amalric (que encarna a Jean Do), no tan conocido en el ámbito del séptimo arte a escala de América, aunque tuvo papeles secundarios en Munich y María Antonieta. Emmanuelle Seigner, en el filme la ex esposa de Jean Do, es otra de las famosas caras que no se habían admirado desde hace mucho tiempo, una mimada francesa multifacética y esposa de Roman Polanski, magistral en Lunas de hiel, enigmática de La novena puerta y maternal en la cinta de Schnabel.



A través de experimentos de cámara, Schnabel consigue trasmitir al público un ambiente intimista, sobre todo muy humano, la idea de represión que es simbolizada en la figura de la escafandra. Bauby tiene que aprender a comunicarse y aunque el proceso es largo, en el que recibe la ayuda de una ortofonista, logra conectarse de alguna manera con su exterior. Con sus hijos y su ex esposa, su padre y su novia se ponen de manifiesto sentimientos que de otra manera no hubieran aflorado como la frustración de no poder tocar a sus hijos, de no poder estar con las mujer amada o conversar normalmente con su padre de 92 años, a quien había afeitado recientemente. Además recibe visitas de gente que no había visto muchos años y se fija en detalles de los cuales estando saludable tal vez no se habría percatado. Le molestan ciertas cosas que en la cotidianidad serían solucionables como impedir que el médico le apague la tele en medio de un partido de fútbol o quitarse una mosca de la punta de la nariz. Eso es la escafandra, no obstante existe su lado contrario simbolizado por la mariposa.

El agua, la libertad, el mar, la madre, atrapado en un traje de buzo y la escafandra en medio de la inmensidad es una de las imágenes grandiosas del largometraje, una metáfora en la poesía en conjunto de Schnabel: no hace falta entender la libertad humana, sino sentir la frustración de no tenerla, de que lo corpóreo haya desaparecido para entrar en un hoyo negro, no hay tiempo ni espacio. Allí, la imaginación es la única compañía, y quizá exacerbada y desenfrenada no sería la misma de existir la ayuda corpórea del lenguaje para poder comunicarla. Paralelamente está la referencia de El conde de Montecristo, cuyos parajes están impresos en la memoria de Bauby y los recuerda como si aquellos ya fuesen parte de sus propias vivencias...."solo tengo la vista y el oído y mi imaginación...".

Creo firmemente que Julian Schnabel plasma con asombro el sentir de Bauby, quien existió en la vida real y murió dos semanas después de la publicación de su libro en 1997. Conjuga una banda sonora de calidad -y muy versátil- así como los parajes del hospital, que representan a la represión y se contraponen a las imágenes de la naturaleza, sin duda la alegoría de la libertad. Recursos usados con maestría y mucha intuición.

La escafandra y la mariposa es una oda a la libertad, el canto sagrado y eterno del hombre a través de las manifestaciones artísticas y quizá la misión a la que este se encuentra encaminado mediante la representación del cuerpo como lo racional y lo material, y del espíritu como la imaginación y la libertad. El alma de Bauby, el idealismo filosófico yuxtapuesto al talento de un escritor, logra crear una obra, que en un inicio, antes de su aplopejía, iba a tratar acerca de la venganza femenina y terminó hablando de su propia condición de una forma estéticamente maravillosa, tan hermosa como la mariposa a la que nos remiten tanto Bauby como Schnabel.

domingo, 13 de abril de 2008

domingo, 20 de enero de 2008

XXY: quizá la decisión sea una falacia



Álex se llama y es XXY. Álex, un nombre ambiguo. Alexandra o Alexandro o Alexander, Alejandra o Alejandro. Ni hombre ni mujer, simple y llanamente los dos. La cineasta argentina Lucía Puenzo desarma todo paradigma mediante Álex, el protagonista de XXY.
XXY es parte del GLBTI (Gays, Lesbianas, Bisexuales, Transexuales y ¿qué? Intersex). Intersex no estaba catalogado en la clasificación de géneros de la agrupación cuyos colores son los del arcoiris. Ni siquiera conocía qué era eso de intersex. Bastó digitar estas letras en el buscador de Google y salieron fotos: una especie de falo con testículos diminutos junto a una vagina infantil. El hermafrodita no es gay ni lesbiana ni transexual, he entendido, es intersex.

El mejor logro de la latinoamericana hija de Luis Puenzo, que se llevó un gran reconocimiento por el filme leyenda La historia oficial, es haber llevado al cine a un personaje ficticio intersex pero que congrega todo un universo, no justificado y no aceptado, cuyo alrededor está pintado de mitos y tabués. Del hermafrodita no se habla. El tema de la homosexualidad o del lesbianismo satura programas mediáticos pero todos se apenan en reconocer el hermafroditismo, sobremanera complejo. El hermafrodita sí es considerado un fenómeno. ¿La cura rápida para esta anormalidad? La operación para volverlo “normal” que consiste en cortarle fácilmente lo visible, el órgano masculino, aunque su sangre esté plagada de testosterona. Este procedimiento últimamente es visto como castración.

A Álex no la (lo) castran. Sus padres biólogos deciden que lo mejor es que crezca apartada (o) del mundo que la (o) vio nacer en Buenos Aires para no recibir los coletazos de la estigmatización, ergo, la marginación. Tiene 15 años y es hora de decidir: ser hombre o ser mujer, no solo a lo que reducimos en la genitalización: macho o hembra, sino el género por el que se tradicionalmente se cumple un rol específico en la sociedad, con sus características y problemas.
Sus padres, de mentalidad contemporánea, sufren por ella (él) y con ella (él). Saben exactamente lo que es XXY o el síndrome de Klinefelter. La (o) dejan al libre albedrío para que tome el camino que ella (él) prefiera, para que con brío se sienta orgullosa (o) de tener el sexo adecuado, aunque su parentela en el fondo desea que continúe con la mujercita que creció a fuerza de medicamentos para contrarrestar la virilización. Lamentablemente la biología impide que sus pisadas continuén por esta vía.

Álex se está desarrollando sexualmente, seguramente sus padres buscan los profesionales adecuados para realizar la operación, una vez que su hija (o) haya optado por tal o cual género. No obstante ella (él) pone los ojos en el hijo adolescente del médico que visita a la familia de Álex en la cabaña donde viven alejados del mundo.
Con las costillas sobresaliendo de un cuerpo asexuado, anoréxico y andrógino, Álex descubre los placeres del sexo sin cumplir un rol fundamentalmente femenino como el espectador podría haber predicho, más bien Álex impide que Álvaro, en la antesala de la cópula, toque sus genitales y lo voltea para penetrarlo, y cumplir lo que evidentemente es el papel del macho en el apareamiento. Esta escena truculenta es descubierta por el padre de Álex, Kraken, y trastoca el panorama que se ha creado en torno a las decisiones de su hija. Por otro lado pone de manifiesto la bisexualidad u homosexualidad de Álvaro, que empieza a ser la piedra en el zapato de su padre, profesional de la medicina. La otra escena que resulta realmente cruda es el intento de violación que sucede en la playa desolada, cuando el dolor de Álex se cimenta sobre la burla y el rechazo de quienes ven su “pija”. Quizá Álex está conforme con su cuerpo pero no con la forma como la/o ven los demás.





¿Qué hay que decidir? se cuestiona Álex. Tal vez no haya nada que decidir, esa es la cuestión del bien logrado largometraje. Este personaje no quiere optar por nada, prefiere permanecer así como es sin ser hombre o mujer o tal vez siendo los dos a la vez. ¿Qué tiene que escoger el XXY? ¿Y si no escoge nada?

El multifacético Ricardo Darín, que ha llenado de momentos de nostalgia y comicidad la historia de la cinematografía argentina con El hijo de la novia (Juan José Campanella) y Nueve reinas (Fabián Bielinsky), y algunos malogrados filmes, ahora es un padre que rebosa de frustración y laconicamente construye un personaje perfecto. Kraken logra lo contrario de su mujer, Suli, encarnada por la actriz Valeria Bertuccelli, que no encaja como madre de Álex, sino como una hermana, incluso para ser su madre en apariencia es muy joven. No tiene la suficiente fortaleza materna y su papel se fragmenta por una evidente inmadurez actoral, independientemente de si esta fue la intención de la directora.
Álex (Inés Efron) es muy natural, con su simpleza consigue armar un personaje lleno de conflictos en el que chocan la rebeldía, la ira, la acidez, así como sus lágrimas sin gestos de dolor. Resulta en ella (él) más frustrante su aparente impavidez ante el dolor que el melodrama de un dolor en sí mismo que su directora pudo haber plasmado.

En un espejo, un espectro, un alien. Es lo que la (lo) diferencia del universo de dos géneros. De ojos enormes y huesos largos, Álex empieza a aceptar la imagen que ve proyectada en su vestidor, quizá por eso rechaza la tan esperada decisición por parte de sus padres. Se contempla por largo tiempo y no le molesta el observarse a sí misma (o). No hay opción para ella (él) aunque confluya en un mundo de confusiones. La decisión representa el dolor y Álex ya no quiere más dolor. XXY, uno de los mejores estrenos 2007, con la esencia de la vida cotidiana y la sencillez del ser humano pone de manifiesto el monstruoso hermafroditismo que acostumbramos a esconder en el ático de la casa.

martes, 15 de enero de 2008

Javier Bardem, el amante llorón


El amor en los tiempo del cólera, la obra del nobel colombiano Gabriel García Márquez, exalta el tema del amor en medio del ambiente de la guerra, la epidemia y los inicios del s. XX. Florentino Ariza, su personaje principal, ama 53 años, 11 meses y cuatro días, y jura fidelidad a la mujer de su vida, Fermina Daza -aunque ella se haya casado con otro-, hasta el ocaso de su existencia. Es uno de esos amores grandiosos, etéreos, poco terrenales y difíciles de ajustar en las dos horas promedio que dura una cinta.

Quizá uno de los mayores retos a los que se enfrenta cualquier director de cine es la adaptación de una obra literaria a la pantalla grande. Y ha habido grandes aciertos como La naranja mecánica (obra de Anthony Burgess) llevada al cine grandiosamente por parte de Stanley Kubrik o Trainspotting (del literato escocés Irvine Welsh) dirigida por Danny Boyle, aunque este mismo después de dirigir La Playa, del escritor Alex Garland, tampoco se llevó el respectivo palmarés. Asimismo, Kubrik, al dirigir Lolita (la obra maestra de Wladimir Nabokov) no se encontró con críticas favorables. De todas formas es pertinente decir que comparar dos soportes artísticos totalmente distintos como lo son una película y un libro no es factible. Cada uno tiene una lectura y recepción disímiles.


Ahora bien, contextualizándonos a obras más cercanas a nuestra cultura, Fermina Daza y Florentino Ariza, los personajes garciamarquianos que marcaron un hito en la literatura hispanoamericana, de El amor en los tiempos del cólera, fueron llevados al cine de la mano del realizador norteamericano Mike Newell, conocido en el ámbito del séptimo arte como un director de enlatados comerciales. Fue también director de la comedia La sonrisa de Monalisa y de una parte de la saga de Harry Potter. Newell es sin lugar a dudas un experto en la cultura que merodea a la verborrea anglosajona. Por este motivo resulta contraproducente la mixtura del rico idioma español, esencial en una obra de literatura hispanoamericana, con el inglés hablado por algunos actores que conocen perfectamente la lengua de la “Madre Patria”. Este detalle conduce al filme a una hibridez innecesaria.

Tampoco está demás decir que el personaje que más expectativa ha causado con este estreno es Javier Bardem, quien encarna a un melodramático y llorón Florentino Ariza que, al contrario del libro, raya en una empalagosa cursilería. Si bien es cierto que Florentino Ariza es un personaje patético per se en la obra de García Marquez, en la cinta constituye un caracter sobreactuado.

Por otro lado, sobre la base de los personajes, el tiempo pasa forzosamente mediante el recargado maquillaje y ademanes exagerados de los protagonistas para mostrar a los espectadores que ya están ancianos: las jorobas de Fermina y Florentino, el caminar excesivamente pausado, la escena sexual en la que él resulta chocho y hasta torpe, entre otras escenas que resultan cómicas.

Hay que reconocer que es tal vez la esencia de la cinta la actuación acertada de la actriz que representa a Fermina Daza, la italiana Giovanna Mezzogiorno, y que logra trasmitir la frescura y el garbo con que García Marquez dibujó a este personaje. Acotaré que su presencia es lo más notable de la obra. Mezzogiorno es una excelente actriz que imprime de aciertos a la obra con su placidez y su belleza apacible. Ella logra trasmitir esa estética de inicios de siglo y esa deliciosa Fermina Daza que imaginamos en los parajes de la literatura.

Independientemente de las imperfecciones de la adaptación, la obra de cierta forma engancha al público con sus intentos de comicidad, el ambiente causi exótico, entre los referentes europeos, cartaginenses y selváticos junto con la voz de Shakira, otro ícono comercial proveniente de Colombia, lo que llama la atención del público. Y no faltan los que lloran al unísono con la voz poco armoniosa de 'Cada día pienso en ti'. Diré que el oír la voz de Shakira en algunas secuencias de la película empeoró la visión que tuve de este largometraje al inicio.


El espectador seguramente se divertirá con esta historia, pero quienes esperan un resultado similar a la magistralidad de El amor en los tiempos del cólera, de Gabriel García Márquez, se encontrarán con una gran decepción.

viernes, 7 de septiembre de 2007

La hiperrealidad de un mito llamado Zodiac


"ME GUSTA MATAR GENTE PORQUE ES MUCHO MÁS DIVERTIDO QUE MATAR ANIMALES SALVAJES EN EL BOSQUE, PORQUE EL HOMBRE ES EL ANIMAL MÁS PELIGROSO DE TODOS. MATAR ALGO ES LA EXPERIENCIA MAS EXCITANTE, ES AUN MEJOR QUE ACOSTARSE CON UNA CHICA, Y LA MEJOR PARTE ES QUE CUANDO ME MUERA VOY A RENACER EN EL PARAÍSO Y TODOS LOS QUE HE MATADO SERÁN MIS ESCLAVOS. NO DARE MI NOMBRE PORQUE USTEDES TRATARÁN DE RETRASAR O DETENER MI RECOLECCIÓN DE ESCLAVOS PARA MI VIDA EN EL MÁS ALLÁ EBEORIETEMETHHPITI".


En sus labios puedo leer, palabra por palabra, la resolución del criptograma en el que su principal referente es el personaje de El malvado Zaroff, la película favorita del autor del mensaje escrito arriba, el asesino hedonista y uno de los fenómenos mediáticos más interesantes en los Estados Unidos, Zodiac. El conde Zaroff del largometraje de 1932 era un loco millonario que vivía en una isla solitaria y se dedicaba a cazar a los náufragos como si fueran animales, de ahí la idea de que el ser humano “es el animal más peligroso de todos”.


El Conde Zaroff

¿Quién era Zodiac? Una, dos o tres personas quizá. En el mejor de los casos tenía disociación o personalidad múltiple. Puede, incluso, que la Policía se haya convencido de lo último, por la ambiguedad que presentaban las evidencias en la escena de varios crímenes no comprobados. Psicópata, sí lo fue sin duda alguna, al contrario de sentir culpa a fuerza de sus actos, sus crímenes le proveían de un placer absoluto que ni siquiera habría podido compararse con el acto sexual, como declaró en el descifrado criptograma. Inteligente y manipulador también lo era, además de estructural, como para ser capaz de escribir criptogramas con fuentes distintas: griego, morse, banderines navales, símbolos climáticos y astrológicos. Zodiac era la denominación de un código oculto de la Edad Media y la marca de un reloj con su firma, escogida quizá al azar; no en vano optó por aquel mote que causaría gran pavor en la sociedad de su entorno.
Su perfil siempre fue claro, el asesino en cuestión, jamás. Era dos o tres personas, cuyos actos se entremezclaron, por lo que se le escapó de las manos a la Policía. Resultado, algunos crímenes jamás resueltos y caso cerrado en 2004, después de 36 años de cometido el primer homicidio comprobado.
En marzo de 2007 el expediente se reabrió.


Zodiac se atribuyó 37 crímenes que describió en sus misivas enviadas a la Policía y a la prensa, por lo que se convirtió en el asesino “de moda” entre 1968 y 1969 en el Norte de California (en Benicia, Vallejo, Lake Berryesa y San Francisco), sin embargo los investigadores le acreditaron siete víctimas canónicas solamente, de las que dos lograron sobrevivir. Su supuesto historial de homicidios es tal vez uno de los mitos urbanos que tal vez nunca serán develados, ya que se lo relacionó con los asesinatos que no fueron cometidos por él, y por ende con los rastros de otros asesinos. Zodiac, con seguridad, era más de una persona.



Carta Al San Francisco Chronicle

Carta al San Francisco Examiner

Carta al Vallejo Times Herald

Criptograma no descifrado


Un personaje salido de un manga japonés, una especie de protagonista que solo podría haber constituido un héroe en la fantasía de los dibujos animados de la televisión, eso tal vez era en lo que osaba convertirse el homicida, y lo logró. No solo fue temido como malvado por los ciudadanos de los alrededores del estado en el que cometía sus delitos sino que se transformó en el más buscado, y como fenómeno mediático, en la historia que él mismo lo logró a través de las cartas que envió a la prensa y a la Policía atribuyéndose crímenes, llegó incluso a que se publicara un libro que se convirtió en un best seller en los Estados Unidos en los años noventa sobre la base de las investigaciones hechas por la policía, el periodista Paul Avery de San Francisco Chronicle y finalmente recopilado por el caricaturista Robert Graysmith.

Pero más alla de eso, Zodiac llegó a ser el personaje estelar de su propia película. Existen algunos filmes que hacen referencia a este caso. Harry el sucio (Clint Eastwood) está fundada escuetamente en en caso, a través de Scorpio. El "Gemini Killer" en la pelicula El exorcista III también sugiere algo de Zodiac. Edward James Olmos estelarizó The Limbic Region, cinta que parte del libro de Robert Graysmith Zodiac, y por último este año se ha estrenado la película basada en la historia de este asesino, dirigida por David Fincher, la obra maestra de quien también dirigió Seven y la magistral El Club de la Pelea.

Se ha erigido a Zodiac como un mito. El sueño del homicida se hizo realidad en el entorno ideal de una sociedad en la que las historias ficticias se retroalimentan y son necesarias, incluso para el imaginario del diario vivir de la humanidad. Zodiac se convirtió en un super star. No tan lejos de personajes villanos-héroes como V (famoso ahora por el filme V de Vendetta de James McTeigue) que derrochan maldad, ocultos en disfraces y artificios, y solamente quienes “podrían” tener el derecho de matar, e incluso, “ajusticiar”. Ahí se pierden las fronteras entre la admiración y el repudio de una audiencia en cuya vida real vive aterrorizada de los mitos que se han tejido alrededor de los famosos asesinos en serie.

Zodiac: la elegancia del poder mediático



El papel protágonico de esta convergencia mitológica se lleva el séptimo arte, con el cual se han reivindicado figuras reales y ficticias: desde el mismo Zaroff (El malvado Zaroff), Kit Carruthers (Badlands), Travis Bickle (Taxi Driver), Hannibal Lecter (El silencio de los inocentes), Norman Bates (Psicosis), hasta Tom Ripley (El Talentoso Sr. Ripley), Aileen Wournous (Monster) o Jean Baptiste Grenouille (El perfume), hasta el punto de mitificarlos con miras a la caricaturización del villano o héroe, quizá, de historias que arrancan de su cotidianidad al espectador. Así pasa de la aterradora verdadera existencia, Zodiac, a ser un ícono encarnado a la perfección en la pantalla grande en una película digna de admirarse en la historia de los mejores largometrajes de los últimos años.


Esta vez David Fincher se ha llevado los aplausos. Zodiac, de su autoría, es una verdadera obra de arte, incluso superior a sus taquilleras antiguas, que maneja la historia de este asesino en serie a partir de los datos reales que llegan al San Francisco Chronicle. La cinta se pega a los hechos de la forma más fiel posible sin dejar de ser cruda. De hecho es muy evidente la brutalidad de los homicidios, tan brutal en la armonía del cine que el director consigue con mucha seguridad la impresión del público. La sensación que causa en el espectador fluye a raíz de una excelente fotografía que se torna muy siniestra en algunas secuencias, y en otras panorámicas de gran belleza de la ciudad de San Francisco, además de las bien logradas actuaciones de los protagonistas. Zodiac se desenvuelve hábilmente con un estilo de suspenso que podría ser hijo del mismo Alfred Hitchock o David Lynch.


Zodiac no poseía un rostro, tenía un disfraz. El que asesinaba era un personaje siniestro, la metáfora del perverso de los cómics y de las caricaturas de TV. A veces cubierto con un atuendo negro, botas militares Wing Walkers, diseñadas -como se asegura en la cinta- para caminar en las alas de los aviones, guantes, y con el rostro completamente cubierto, lo que sobresaltaba a la vista de quien lo viese era el símbolo escrito en su traje, su firma, que de lejos habría podido ser similar al símbolo anárquico, o a uno satánico, de color blanco, y que era el logotipo de los relojes Zodiac (con esto último el criminal fue visto como un farsante). En la escena no balbuceaba casi nada, no pedía dinero ni efectos personales, solo disfrutaba del pavor que infundía; en otros casos ni lo último ya que disparaba a quemarropa en un abrir y cerrar de ojos, como se observa en la primera bien lograda secuencia del largometraje. En esta asesina el 4 de julio de 1969 (en Blue Rocks prings) a “Michael Renault Mageau, de 19 años, y a Darlene Elizabeth Ferrin, de 22 años, en un campo de golf a las afueras de Vallejo. En la vida real Darlene murió recibiendo primeros auxilios, en el Hospital Kaiser Foundation, mientras que Michael sobrevivió”. (http://es.wikipedia.org/wiki/Asesino_del_Zodiaco)

De allí en adelante 'Hurdy Gurdy Man', representativa canción de los ingleses sesenteros Donovan, será la apología de Zodiac, la banda sonora de cada hecho con la que la cinta lleva los crímenes hacia un plano estético, realizados a la perfección y con una crudeza ensalzada por las facultades del séptimo arte.

Thrown like a star in my vast sleep

I open my eyes to take a peep

To find that I was by the sea

Gazing with tranquillity.

'Twas then when the Hurdy Gurdy Man

Came singing songs of love,

Then when the Hurdy Gurdy Man

Came singing songs of love.

Hurdy gurdy, hurdy gurdy, hurdy gurdy, gurdy he sang.

Hurdy gurdy, hurdy gurdy, hurdy gurdy, gurdy he sang.

Hurdy gurdy, hurdy gurdy, hurdy gurdy, gurdy he sang

Histories of ages past

Unenlightened shadows cast

Down through all eternity

The crying of humanity.

'Tis then when the Hurdy Gurdy Man

Comes singing songs of love,

Then when the Hurdy Gurdy Man

Comes singing songs of love.

(Hurdy Gurdy Man/Donovan)

Un mes después, Zodiac arremete contra Bryan Calvin Hartnell, de 20 años, y Cecilia Ann Shepard, de 22 años, “quienes fueron apuñalados el 27 de septiembre de 1969 en lo que en la actualidad se le denomina 'La isla del Zodíaco' en Lake Berryessa ubicado en el Condado Napa. Hartnell sobrevivió a seis puñaladas en la espalda, pero Shepard murió a causa de sus heridas , dos días después, en el Hospital Queen of Valley en Napa”. (http://es.wikipedia.org/wiki/Asesino_del_Zodiaco)

El 11 de octubre de 1969 asesina a Paul Lee Stine (de 29 años), con un solo disparo en la nuca, en Presidio Heights en San Francisco. Esta es la última víctima comprobada.El filme, entre los casos no comprobados, también presenta un presunto rapto ocurrido el 22 de marzo de 1970, cuando Kathleen Johns es secuestrada en la carretera 132 al oeste de Modesto California. Johns logra escapar del auto de un hombre que ofrece llevarla a ella y a su bebé luego de reventarse una llanta del auto de Kathleen. Él incendia el vehículo.”Después de escapar se dirigió a la Estación de Policía ubicada en Patterson, donde, ella vio el cartel de denuncia con el retrato robot del Zodiaco, y lo identificó como su atacador”. (http://es.wikipedia.org/wiki/Asesino_del_Zodiaco)

Según el patrón de los asesinatos en general, es evidente el “ritual” en el que el criminal se introduce para matar a sus víctimas. Sí existen ciertos rasgos repetitivos en las escenas de la mayoría de crímenes confirmados, que sin embargo no se ajustan con algunos hechos de los que el propio Zodiac había dicho ser el autor. Esto último, lo hace con el objetivo de que la prensa lo publique.

Ansía ser la noticia principal de todos los diarios y alcanzar la atención mediática suficiente para llegar a tener poder, razones por la que amenaza con matar más gente, niños y con instalar bombas en los lugares menos pensados. Por otro lado envía un pedazo de camisa ensangrentada junto con sus cartas como señal de evidencia de los crímenes, muy mountruoso para quien lo reciba. Presiona, entre otras cosas, a la prensa, para hablar en la TV a través del teléfono. En aquella llamada dice llamarse Sam. “Estoy enfermo me duele la cabeza”...y afirma que la única forma de curar su padecimiento es matando. “No quiero que me hagan daño, no quiero ir a la cámara de gas”. Promete encontrarse con el conductor del programa pero no acude a la cita. Después se descubre que se trata de una llamada falsa de un sujeto internado en un psiquiátrico. La sociedad “juega” con el caso, lo convierte en una bola de nieve hasta armar pieza por pieza la historia falaz de un asesino.

Posterior a un sinnúmero de datos que confluyen en una supuesta única persona a quien se conoce como Zodiac, los medios de comunicación intentan no hablar más de este asesino. El mismo Avery empieza a descubrir sus mentiras ya que algunas de sus cartas notificando algún crimen llegan a la sala de redacción de los diarios posteriormente a la publicación acerca del homicidio en cuestión por parte de algún rotativo. Así se adjudica crímenes que él no los había cometido. De esta manera se inicia el boceto de un personaje que es más de un personaje transformado en una verídica ficción urbana a base de propias y extrañas mentiras.

La mayoría de los ataques ocurre cerca de lagunas, pero el rasgo más peculiar de sus acechos es que Zodiac ataca a parejas que se se están haciendo arrumacos y además se encarama con mayor fuerza en acabar con la vida de las mujeres; así dos hombres logran sobrevivir. Con rasgos tan parecidos en estos acometimientos el homicidio de Paul Stine, el taxista, no encaja en los “rituales” anteriores.

Por otro lado, a la prensa le interesa manejar este caso desde el punto de la primicia, cada paso que da Zodiac es ansiado por los diarios para convertirse en el pionero del hecho, especialmente el SF Chronicle, el medio que cubre desde principio hasta darse por perdido el caso. Los periódicos logran sembrar el terror en los condados aledaños hasta instaurarse el toque de queda, el resultado de los actos del experto en manipulación, uno de los síntomas de la psicopatía de Zodiac. La audiencia, entre otras cosas, contraviene al papel de los medios de comunicación: “Los rotativos publicaron los criptogramas de Zodiac para aumentar sus ventas posiblemente”, se escucha decir a alguien que llamó por teléfono a una radio. El papel de los medios masivos se pone en tela de duda en la película además de que quienes trabajan para ellos se trocan la fama como el mismo homicida.

Robert Graysmith (Jake Gyllenhal) -muy conocido por su personaje Jack Twist en Brokeback Mountain, película de Ange Lee, en la que encarna a un vaquero homosexual- desde principio hasta casi el final de la cinta es el hilo conductor dada su espontánea intuición. Graysmith es inconscientemente instigado por Paul Avery para que se insmiscuya en cuerpo y alma en un asunto no resuelto. De personalidad única, talentoso, sensible, nervioso, así es Bob, quien posee excelente memoria, con la que finalmente junta el aparente rompecabezas. Graysmith llega al punto de poner el objetivo de develar este caso por encima de su matrimonio. A su familia, especialmente a su esposa Melanie, en la brillante actuación de Chloe Sevigny (destacada en películas como Boys don't Cry, Dogville y Broken Flowers) como una mujer gran ímpetu y poca belleza, le resulta insoportable vivir bajo las continuas amenazas de un ser que jamás da la cara.

Paul Avery es el otro lado de la intuición. Es una persona decadente, a quien -sin ser malvado- realmente le importa su propio reconocimiento como periodista. Está perfectamente construido sobre la base del ego a través del histrionismo de Robert Downey Junior, quien también representó a, de igual forma reportero pero de la pantalla chica, Wayne Gale, en la película Natural Born Killers, de Oliver Stone. En esta cinta de 1994 se contrapone el horror de unos crímenes cometidos por una amorosa pareja con la estética de la TV, la que también tiene el poder de heroinizar y endiosar a sus protagonistas en contraposición con el rating que quiso alcanzar Gale, y de alguna manera ser también famoso. Avery, conspícuo, sin duda excéntrico, pero perdedor. Se trata de un personaje que sugiere en alguna medida una ambición hipócrita que produce un inevitable shock contra la intuición de Graysmith. A este, Avery le pregunta qué busca con ser el investigador: “¿Qué tajada quieres?", lo que provoca un gran cuestionamiento en el inocente Graysmith. Incluso llega a vanagloriar su trabajo por encima del departamento de investigación y de la policía, guiados por David Toschi (el actor Mark Ruffalo, a quien se la visto en cintas como Eternal Sunshine of The Spotless Mind), un hábil profesional por vocación, que se ve obligado a abandonar el caso por la falta de pruebas.

El ego de Avery en aras de conseguir la información por sí solo produce continuos enfrentamientos con ellos. Varias veces quedan mal ante la audiencia por la culpa del periodista. Todo sea por la primicia de informar acerca del supuesto primer crimen cometido por Zodiac: “El 30 de octubre de 1966, Mary Jo Bates fue brutalmente asesinada por arma blanca, fue casi decapitada. La posible conexión de la muerte de Bates con Zodiac se dio cuatro años despúes a partir de un tip recibido por el reportero Paul Avery del San Francisco Chronicle sugiriéndole ciertas similitudes entre los asesinatos cometidos por el Zodiaco y las circunstancias que rodearon a la muerte de Bates”. (http://es.wikipedia.org/wiki/Asesino_del_Zodiaco)

Hasta que entre los informantes aparece Don Cheney, que dice conocer a un sospechoso: Arthur Leigh Allen, quien hasta la actualidad sigue siendo el primer sospechoso de los crímenes cometidos por Zodiac. Allen le había confesado a Cheney durante un paseo de pesca que fue acusado de perversión infantil. A pesar de haber haber grandes coincidencias entre él y el asesino, su caligrafía, según la opinión de profesionales grafólogos, no coincide con la de las misivas enviadas a los periódicos. John Carrol Lynch, en el papel de Arthur Leigh Allen, consigue una muy buena actuación a través de un personaje cuya apariencia habla por sí sola: corpulento y láconico, un personaje que raya en la paradoja, de ojos inocentes, con un aire lascivo y ladino a la vez. Eso era Leigh. Leigh, porque no le gustaba que lo llamasen Arthur.

Todos sus rasgos coinciden con las características de Zodiac, incluso la Policía encuentra en su auto unos cuchillos ensangrentados, de los que asegura haber utilizado para matar gallinas. Su reloj esde marca Zodiac y su libro favorito, El malvado Zaroff, ¿qué otros rasgos más finos puede dar? Pero su letra jamás coincide con la caligrafía de quien había escrito las cartas. Y aunque Graysmith comprueba que, a través de la fecha de nacimiento que había dado Zodiac en una de sus llamadas alertando de asesinatos por su cumpleaños, Arthur Leigh Allen había nacido el mismo día que Zodiac vino al mundo, el sospechoso continuó en libertad por el resto de sus días y quizá porque las investigaciones “de un caricaturista” nunca fueron consideradas de envergadura para la Policía.

Veintidós años después, en 1992, el caso permanece en investigación en las manos de quien reemplaza a Dave Toschi. Se llama al sobreviviente del asesinato del 4 de julio, Michael Renault Mageau para que reconozca la cara de su posible agresor; en ellas señala el retrato de Arthur Leigh Allen, con lo que finaliza este brillante filme. Antes de que la Policía atrape a Allen, este muere de un ataque al corazón.

Aun así el perfil genético de Leigh Allen que se analiza a partir del año 2000 no concuerda con las huellas dejadas por Zodiac. Leigh Allen continúa siendo el principal y único sospechoso. A partir de su muerte, Graysmith ya no recibe llamadas de amenazas.



Zodiac, entre el mito y la realidad, ha pasado a la lista de seres temidamente idealizados, a quienes la sociedad ha trastocado hacia la figura de los villanos de una caricatura. Con seguridad, la mitad de su perfil está construida sobre la base de una falacia y entre, en el mejor de los casos, dos o tres asesinos más. Sea quien haya sido logró una manipulación expertamente urdida de los medios masivos que su popularidad, inclusive, subió el rating de aquellos íconos de la comunicación a los que solo les interesaba precisamente vender. Hasta a la pantalla grande llegó en algunas versiones fílmicas susceptibles de admirarse. Zodiac es el mejor estreno que se ha proyectado últimamente. De la mano de Fincher, sus crímenes se han convertido en una obra de arte. Si Leigh Allen era Zodiac y si hoy estuviese vivo se encontraría sumamente satisfecho de que un talentoso ose hablar de él de manera tan elegante.