Recuerdo haber sido dos personas. Una que flotaba, que se trasladaba mágicamente de un continente a otro, al imperio del Sol, a las islas vírgenes, a los orígenes del universo, que veía los minerales, algas, estalactitas, estalagmitas, glaciares, bosques lluviosos, caracolas y fósiles. Mi lazo con lo telúrico es por esta una, esta una que no deja de ser la misma que todas las mujeres del universo. La otra está acá conmigo, está y no está, es esa que vive, la que vive de la nada, la que toca un piano de cola en el crepúsculo de Essex, la que tiene crinolinas manchadas de neftalina y el corsé de ballena roto de ambos lados. Una hilera de cipreses adornaba aquel camino de tierra y el coche jalado por dos caballos negros llevaba a Víctor, el esposo de Ana. Esa otra era la que deseaba ser como Ana o como Obdulia. Ana siempre fue esa, esa que era inocente, de alma de niña, casi una nínfula y trasmitía malos pensamientos a los hombres sin intención. Se mordisqueaba las uñas porque era muy nerviosa y se relamía los dedos luego de comer arándanos en forma de corazón, ella era una piedra en el zapato, el corte en la respiración, el doble parpadeo, la gota de sudor… Le vi rascarse la espalda y un suave vello apareció debajo de su blanca axila, vi que él la veía. En mi sueño, se transformó en la una que flotaba y que fue a dar en un acantilado con la espuma en sus pies y pececitos de colores rodeando su carne. Yo era esas dos personas, ahora no lo sé, soy todas ellas y soy nada, soy todas ellas y Clitemnestra, Leda y Filis, y una que cada sesenta días balbucea escribiendo algo…
domingo, 10 de abril de 2011
Leda
Recuerdo haber sido dos personas. Una que flotaba, que se trasladaba mágicamente de un continente a otro, al imperio del Sol, a las islas vírgenes, a los orígenes del universo, que veía los minerales, algas, estalactitas, estalagmitas, glaciares, bosques lluviosos, caracolas y fósiles. Mi lazo con lo telúrico es por esta una, esta una que no deja de ser la misma que todas las mujeres del universo. La otra está acá conmigo, está y no está, es esa que vive, la que vive de la nada, la que toca un piano de cola en el crepúsculo de Essex, la que tiene crinolinas manchadas de neftalina y el corsé de ballena roto de ambos lados. Una hilera de cipreses adornaba aquel camino de tierra y el coche jalado por dos caballos negros llevaba a Víctor, el esposo de Ana. Esa otra era la que deseaba ser como Ana o como Obdulia. Ana siempre fue esa, esa que era inocente, de alma de niña, casi una nínfula y trasmitía malos pensamientos a los hombres sin intención. Se mordisqueaba las uñas porque era muy nerviosa y se relamía los dedos luego de comer arándanos en forma de corazón, ella era una piedra en el zapato, el corte en la respiración, el doble parpadeo, la gota de sudor… Le vi rascarse la espalda y un suave vello apareció debajo de su blanca axila, vi que él la veía. En mi sueño, se transformó en la una que flotaba y que fue a dar en un acantilado con la espuma en sus pies y pececitos de colores rodeando su carne. Yo era esas dos personas, ahora no lo sé, soy todas ellas y soy nada, soy todas ellas y Clitemnestra, Leda y Filis, y una que cada sesenta días balbucea escribiendo algo…
sábado, 9 de abril de 2011
domingo, 3 de abril de 2011
domingo, 13 de marzo de 2011
Algas
Hay partes en los textos que nos eligen.
Había leído mucho el nombre Maga, sobre ella y su cuerpo, sobre ella y su cuerpo y el cuerpo de Horacio, y el cuerpo de Horacio y su pensamiento dialéctico. Maga, redentora, regresa a mí! Sálvame de mi mismo... En cada mujer que conozco veo a la Maga, la veo porque ella solía ser mágica como una mariposa amarilla pegada a la cortina de una desolada biblioteca. Pero, sobre todo, lo que más veo de la Maga, que ya no está, son sus ojos, enormes, en los ojos de todas las mujeres del mundo. Mi Maga, siento tu presencia, más que nunca, ahora que me has abandonado.
En Rayuela (Cortázar)
"La Maga acababa por levantarse y daba inútiles vueltas por la pieza. Más de una vez la vi admirar su cuerpo en el espejo, tomarse los senos con las manos como las estatuillas sirias y pasarse los ojos por la piel en una lenta caricia. Nunca pude resistir el deseo de llamarla a mi lado, sentirla caer poco a poco sobre mí, desdoblarse otra vez después de haber estado por un momento tan sola y tan enamorada frente a la eternidad de su cuerpo...".
"…Aquí olés a sardónica. Aquí a crisopracio. Aquí, esperá un poco, aquí es como perejil pero apenas, un pedacito perdido en una piel de gamuza. Aquí empezás a oler a vos misma. Qué raro, verdad, que una mujer no pueda olerse como la huele un hombre. Aquí exactamente. No te muevas, dejame. Olés a jalea real, a miel en un pote de tabaco, a algas aunque sea tópico decirlo. Hay tantas algas, la Maga olía a algas frescas, arrancadas al último vaivén del mar. A la ola misma. Ciertos días el olor a alga se mezclaba con una cadencia más espesa, entonces yo tenía que apelar a la perversidad -pero era una perversidad palatina, entendé, un lujo de bulgaróctono, de senescal rodeado de obediencia nocturna-, para acercar los labios a los suyos, tocar con la lengua esa ligera llama rosa que titilaba rodeada de sombra, y después, como hago ahora con vos, le iba apartando muy despacio los muslos, la tendía un poco de lado y la respiraba interminablemente, sintiendo cómo su mano, sin que yo se lo pidiera, empezaba a desgajarme de mí mismo como la llama empieza a arrancar sus topacios de un papel de diario arrugado. Entonces cesaban los perfumes, maravillosamente cesaban u todo era sabor, mordedura, jugos esenciales que corrían por la boca, la caída en esa sombra, the primeval darkness, el cubo de la rueda de los orígenes. Sí, en el instante de la animalidad más agachada, más cerca de la excreción y sus aparatos indescriptibles, ahí se dibujan las figuras iniciales y finales, ahí en la caverna viscosa de tus alivios cotidianos está temblando Aldebarán, saltan los genes y las constelaciones, todo se resume alfa y omega, coquille, cunt, concha, con, coño, milenio, Armagedón, terramicina, oh callate, no empecés allá arriba tus apariencias despreciables, tus fáciles espejos. Qué silencio tu piel, qué abismos donde ruedan dados de esmeralda, cínifes y fénices y cráteres…".
Había leído mucho el nombre Maga, sobre ella y su cuerpo, sobre ella y su cuerpo y el cuerpo de Horacio, y el cuerpo de Horacio y su pensamiento dialéctico. Maga, redentora, regresa a mí! Sálvame de mi mismo... En cada mujer que conozco veo a la Maga, la veo porque ella solía ser mágica como una mariposa amarilla pegada a la cortina de una desolada biblioteca. Pero, sobre todo, lo que más veo de la Maga, que ya no está, son sus ojos, enormes, en los ojos de todas las mujeres del mundo. Mi Maga, siento tu presencia, más que nunca, ahora que me has abandonado.
En Rayuela (Cortázar)
"La Maga acababa por levantarse y daba inútiles vueltas por la pieza. Más de una vez la vi admirar su cuerpo en el espejo, tomarse los senos con las manos como las estatuillas sirias y pasarse los ojos por la piel en una lenta caricia. Nunca pude resistir el deseo de llamarla a mi lado, sentirla caer poco a poco sobre mí, desdoblarse otra vez después de haber estado por un momento tan sola y tan enamorada frente a la eternidad de su cuerpo...".
"…Aquí olés a sardónica. Aquí a crisopracio. Aquí, esperá un poco, aquí es como perejil pero apenas, un pedacito perdido en una piel de gamuza. Aquí empezás a oler a vos misma. Qué raro, verdad, que una mujer no pueda olerse como la huele un hombre. Aquí exactamente. No te muevas, dejame. Olés a jalea real, a miel en un pote de tabaco, a algas aunque sea tópico decirlo. Hay tantas algas, la Maga olía a algas frescas, arrancadas al último vaivén del mar. A la ola misma. Ciertos días el olor a alga se mezclaba con una cadencia más espesa, entonces yo tenía que apelar a la perversidad -pero era una perversidad palatina, entendé, un lujo de bulgaróctono, de senescal rodeado de obediencia nocturna-, para acercar los labios a los suyos, tocar con la lengua esa ligera llama rosa que titilaba rodeada de sombra, y después, como hago ahora con vos, le iba apartando muy despacio los muslos, la tendía un poco de lado y la respiraba interminablemente, sintiendo cómo su mano, sin que yo se lo pidiera, empezaba a desgajarme de mí mismo como la llama empieza a arrancar sus topacios de un papel de diario arrugado. Entonces cesaban los perfumes, maravillosamente cesaban u todo era sabor, mordedura, jugos esenciales que corrían por la boca, la caída en esa sombra, the primeval darkness, el cubo de la rueda de los orígenes. Sí, en el instante de la animalidad más agachada, más cerca de la excreción y sus aparatos indescriptibles, ahí se dibujan las figuras iniciales y finales, ahí en la caverna viscosa de tus alivios cotidianos está temblando Aldebarán, saltan los genes y las constelaciones, todo se resume alfa y omega, coquille, cunt, concha, con, coño, milenio, Armagedón, terramicina, oh callate, no empecés allá arriba tus apariencias despreciables, tus fáciles espejos. Qué silencio tu piel, qué abismos donde ruedan dados de esmeralda, cínifes y fénices y cráteres…".
miércoles, 9 de marzo de 2011
Descubría en el transcurso de sus años incontables...
que "la mentira es más cómoda que la duda, más útil que el amor, más perdurable que la verdad". (El otoño del patriarca, de García Márquez)
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