sábado, 22 de agosto de 2009

No ceiling

Modern Languages Building

No Ceiling (Eddie Vedder)

Comes the morning
When I can feel
That there's nothing left to be concealed
Moving on a scene surreal
No, my heart will never
Will never be far from here

Sure as I am breathing
Sure as I'm sad
I'll keep this wisdom in my flesh
I leave here believing more than I had
And there's a reason I'll be
A reason I'll be back

As I walk
The Hemisphere
Got my wish
To up and disappear

I been wounded
I been healed
Now for landing I been
Landing I been cleared

Sure as I'm leaving
Sure as I'm sad
I'll keep this wisdom
In my flesh

I leave here believing
More than I had
This Love has got
No Ceiling

You are a wildcat! Welcome to the UofA (University of Arizona), el mundo dentro de la bipolaridad de Tucson, entre los bohemios freaks del suroeste y la cultura chicana. I have just arrived to the far west, need no guns to strive up. This is a lonely path that it seems the one which the famous rolling stone rolled. Y mientras digo esto, por qué tiene que pasarme a mí, oigo crujidos de las paredes del departamento donde vivo a fuerza de los retozos de una pareja freshmen de vecinos, a quienes vi una sola vez. Se ve interrumpido mi nuevo silencio por los ruidos y el desparpajo de los aún adolescentes de la puerta de al lado. I feel strange. This is weird, I am the married not them! El edificio donde estudiaré es el de Modern Languages, que se ubica junto al de Education, Administration Building y Student Union de la Universidad de Arizona. Desde la parada de la línea 3 de Suntran hasta el departamento de español me toma llegar a pie unos quince minutos, que bajo el sol del desierto se multiplican por tres más gotas de sudor y el automático bronceado, que bien me vendría para no salirme de los parámetros de las freshmen californianas, de estilo Paris Hilton, a quienes daré clases de español. En la línea 3 me había acordado de Charles Bukowski y su estancia en Tucson. En la oficina de Katia Bezerra, Dean of Graduate College, con los rayos de sol calentando la madera de la mesa de recibimiento, imaginé a David Foster Wallace caminando en los pasillos de esta universidad entre sus personajes caricaturizados como aquellos de Black Hole Sun de Soundgarden. “I am seated in an office, sorrounded by heads and bodies. My posture is consciously congruent to the shape of my hard chair. This is a cold room in University Administration, wood-walled, Remington-hung, doublewindowed against the November heat, insulated from Administrative sounds by the reception area outside”…son las primeras palabras de Foster Wallace en su capítulo “Year of Glad” de The Infinite Jest (La broma infinita) y ahora me siento inserta en su historia como unas letras más escritas con dolor de estómago lejos del aire acondicionado. I think he is a barefaced man, genuine, the one who I need this moment to settle in here. I’m in Arizona, where he lived, eated, fucked and writed. This soul should be stuck in one of these streets.

Tucson me había referido a literatura sucia desde que supe que Bukowski había vivido acá. Imagino que su casa era en el sur, ya he visto varias caras con su estilo viejo perro sin hogar, de curtida piel y ojos hundidos y gritando “nací para robar rosas de las avenidas de la muerte” en una taberna de música country. Your hands in mine, they scratch the skin of sensitive. Again they start to yell like a couple in a hardcore porn movie. Me muevo en la solitaria sala sin muebles y pequeños temblores debajo de mis zapatos me recuerdan que no estoy sola, al otro lado de la pared quizá se está creando otro ser humano. So corney! Girl. Por el arte de la contemplación es que yo vine a insertarme en el estructuralismo ahora visto por mí como la jaula de creadores cuyos versos nunca fueron escritos sino en el palimpsesto del olvido en los tentáculos del capitalismo. Daré clases junto a la bandera de los Estados Unidos pero me pagarán por estudiar literatura. Y vine atrás de Tom Waits y Leornard Cohen, pero ellos no han existido aquí. I mean they are in me, whenever I am. Ellos pertenecen al lugar que nosotros queramos que pertenezcan, excepto por estar junto a un carril que fue de John Lennon en el Hard Rock Café de Chicago.

Cuando llegué me acordé de Portland, el de Portland de My Own Private Idaho, al que quiero ir, para quedarme dormida en medio de la carretera y despertar en el parque de la Carolina o la Circasiana. Era River Phoenix antes de morirse, de puto, el que conocería a Keanu Reeves y juntos irían en busca de su madre a Italia. Luego recordé Into the Wild: Cristopher McCandless muriendo por haberse quedado atrapado en la profundo de la naturaleza cerca del Parque Nacional Denali en Alaska. El solo buscaba un período de absoluta contemplación abandonando la sociedad como lo hizo Thoreau, uno de sus referentes junto a John London y Tolstoi bajo el seudónimo de Alexander Supertramp, quien recorrió por Arizona antes de su paraje al norte de Estados Unidos.

Yo vine persiguiéndolos a ellos y otros más, con la banda sonora de Wild at Heart y Paris, Texas, soñando en conocer Vallejo o Castro en California, Mesa en Arizona, Amarillo en Texas. Sonríen Bobby Peru y Lula (la Laura Dern más interesante que conocí) y estoy junto a los cactus y saguaros con el tiempo detenido en el quebrado y derretido pavimento.

But I know there are more roads and nooks to look over.


sábado, 15 de agosto de 2009

Hello

Los hoyuelos en el rostro de quienes sonríen al desconocido son característicos en los gestos de los gringos en su país. En ningún otro sitio había visto a sonreír tanto al ser humano. Días antes, en Chicago, me sonreían jóvenes y viejos en algunos lugares recurrentes de la vida diaria de los habitantes de Estados Unidos: las tiendas, los restaurantes y las estaciones de tren. He entrado al país de la alegría. Espectaré cotidianamente los actos circenses que provocan las sonrisas de sus habitantes. No, más bien el ademán cirsense que es la sonrisa de los estadounidenses. Esa sonrisa, quizá un poco falsa, como la del gato de Cheshire, de la historia de Alicia en el país de las maravillas, va acompañada casi siempre de un Hi, Hello o Hey, y a veces me causan una vibra buena a pesar de la distancia que imprime cada uno en su individualidad, tan distinta a mi espacio, desde el físico, hasta el espiritual latinoamericano.

En Ecuador nadie sonríe. Yo estaba acostumbrada a esa mirada un poco ladina y apacible en la sierra que proyectaba el frío y la melancolía de un pueblo calificado como infeliz. Pero yo sí era feliz allá. No sonreía con un desconocido, pero me mataba de risa con mis amigos. Será que para el norteamericano todo el mundo es su amigo a pesar de que no lostienen realmente porque no hay tiempo suficiente para hanging around with friends fuera de la universidad. En Chicago era algo así. Pero en Tucson, no. La mayoría de sus habitantes son mexico-americanos, americano-mexicanos o qué se yo, no sé si hablar de mestizaje, alienación, hibridez o xenofobia, simplemente son parte de la cultura de un país multirracial, multicultural y variopinto. Tal vez entre ellos me siento menos latina, con su desastrozo spanglish, la obesidad de muchos de ellos, su ropa plus size y tatuajes de pandillero, yo, que de todas formas, también represento una mezcla dentro de las tan estudiadas culturas híbridas. Los chicanos no sonríen, bueno, algunos sí, lo más agringados. Tengo un estereotipo de este grupo que no deja fluir mi cotidianidad en Tucson, pero entro a la Universidad de Arizona y es otro cantar. Ellos allí no existen. Un mundo dentro de un mundo, de nuevo las sonrisas, la amabilidad y el mundo feliz. ¡Me encanta!, el eslogan de MC Donald’s es el corolario de la existencia de muchos norteamericanos felices de poder asistir a una universidad de excelencia en varias áreas académicas. No es Columbia ni Princeton, pero es lo mejor del sureste de los Estados Unidos. Hay indios, chinos, demás latinoamericanos, indígenas norteamericanos, europeos. ¿En qué estado estoy? Alma máter ad portas, Jesus I am in heaven, this is so amazing.

Bajar al estado del suroeste, Arizona, fue recordar los parajes de Pedro Páramo. Me sentí bienvenida al no-lugar, ese que es Quito y que finalmente sí resultó siendo un sitio, donde yo nací, el gran referente espacial. Esos cerros secos y fuertes vientos que distorsionan el paisaje de un lugar donde el tiempo cambia, en medio de un espacio infinito en el que quema caminar debajo del sol desértico en agosto. Eso lo había imaginado en las trafasías de Carlos Castañeda y así me enamoré de una energía que solamente habitaba en mi cabeza. Me había adelantado a conocer las calles aledañas a mi casa por Google Maps. Virtualmente ya había estado aquí y prácticamente era la única que caminaba por las calles en medio de los miles de autos que cruzaban la St. Mary’s Road. Junto a mi padre recorrí unas pocas cuadras que resultaron ser muchas bajo un sol canicular que enlentecía el pensamiento. El sopor y los cactus eran parte de mi vida, luego de la montaña andina y la Virgen del Panecillo.

Pero yo no soy Alicia Liddell, ni este es el país de las maravillas como muchos lo dibujan en su imaginario. Es el mundo, pero tampoco es el mundo. El mundo es lo que uno es y como uno lo ve. Es decir, hay cientos de millones de mundos, por lo cual de alguna manera el mundo es infinito. El cielo de Tucson no fue el mismo cielo que el mío para mi padre. Puede ser tan lúgubre este paisaje infértil como extraordinario para los ojos de quienes sufren de gran frío como en Boston o el mismo Chicago, no obstante vuela junto con el tiempo hacia el horizonte trasformando lo físico en una idea: el no-lugar donde yo no soy yo “consusabrigosnegros” sino la tropical de bronceadas piernas poco intelectual a pesar de sus rayados lentes.

sábado, 8 de agosto de 2009

Personal Jesus (Depeche Mode)

Mis peripecias en Lollapalooza 2009

martes, 21 de julio de 2009

‘La escritura es una recuperación del asombro’

Andrés Neuman es un escritor argentino de 32 años que cuenta con tres novelas publicadas. Su última, El viajero del siglo, es un ambicioso proyecto que recibió el Premio Alfaguara de Novela 2009. Como se ha dicho, es el orgullo de nuestra generación. No obstante, es sencillo, desprendido de las actitudes pretensiosas de muchos escritores. Neuman es un hijo de músicos que tuvo que emigrar a Granada a temprana edad y que con tan solo 22 años participó por el premio Herralde en 1999
Andrés, se dice que tú eres la excelencia de la nueva literatura, ¿qué opinas de eso?
Jajajaja, la excelencia no existe….Yo hago mi trabajo lo mejor que puedo, habrá gente que pensará que soy un imbécil y probablemente tenga razón. No lo sé.
¿Por qué crees que dicen eso?, en los diarios lo lees, los críticos lo dicen....
Uno nunca sabe porque nos insultan o nos elogian. Lo único que te puedo decir es que escribo desde niño, es mi pasión. La escritura es mi pequeña gran razón de ser. Yo trabajo para los personajes, no para los demás. Esta novela es de personajes, donde cada pequeña criatura tiene sus conflictos, contradicciones, deseos físicos, ideas. Trato de construir el libro lo más fiel posible a sus personajes, pero el efecto que esto causa en el prójimo de verdad que es incierto para bien o para mal.
Tú publicaste Bariloche a los 22 años. Esta es una edad bastante temprana para el promedio. ¿Qué representó para ti la publicación de este libro?
En realidad, probablemente, ese fue el libro más importante de mi vida. Incluso más que El viajero del siglo porque me permitió empezar a tener el trabajo de escritor. La pasión de mi vida empezó a convertirse en mi medio de vida. Para mí, eso fue bueno porque unos años después pude dejar mis otros trabajos. Yo he trabajado de heladero, de profesor particular de niños, trabajé en la universidad, y el poder convertirme más en freelance y trabajar en los medios y en mi casa escribiendo libros fue una puerta que se abrió.
Con Bariloche, salí del anonimato absoluto y por eso le tengo mucho cariño a ese libro. En ese momento, yo tenía muchísima inocencia juvenil y -como había estado años trabajando en ese libro- me parecía lógico que se publicara. Después, cuando conocí mejor el mundo editorial, me di cuenta de lo difícil que era publicar y mucho más en Anagrama.
Quizá, lo más importante de todo fue conocer a Roberto Bolaño. Ese fue un inmenso golpe de suerte porque Bolaño solo una vez en su vida estuvo de jurado en el premio Herralde en 1999 y yo que, por entonces, no solo que no conocía a Bolaño sino que no lo había leído. Supe que él en el jurado había sido quien más había peleado por la novela Bariloche, fue su máximo defensor, según me contaron después. A raíz de eso, fui corriendo a las librerías y me compré todos sus libros y me pasé seis meses leyéndolo. Ante tanta generosidad y ayuda desinteresada, yo me convertí en su fan y un día lo llamé para agradecerle. Estuvimos hablando por teléfono durante dos horas y media. A partir de este día nos hicimos amigos, pero nuestra amistad duró tres años porque su vida duró tres años más.
Andrés Neuman y mi persona


¿Porqué ahora en El viajero del siglo se manifiesta el referente de los viajes, de los tantos lugares y a la vez el no lugar?
Porque es nuestra forma de vida bajo la apariencia engañosa de una novela del XIX. El viajero del siglo trata de hacer lo que la ciencia ficción, pero rebobinando el tiempo. La novela no habla del pasado, habla de los orígenes del presente. Y una de las cosas que nos sucede hoy en día es que podríamos ir a cualquier parte, tenemos unos grandes medios de comunicación, tenemos la sensación de desplazarnos en cualquier momento, pero nuestra vida sucede delante de una pantalla. Somos sedentarios que se sienten nómadas. La Internet es eso, es el nomadismo de los sedentarios.
El viajero del siglo cuenta la historia de un tipo que dice haber estado en todas partes, que parece conocer todas las lenguas y todas las ciudades y que, sin embargo, mientras dura la novela no puede salir de Wandernburgo; es un nómada que se convierte en un sedentario, es un viajero estático el viajero del siglo. Recuerda sus viajes anteriores, planea viajes futuros, pero no sale de la ciudad.

¿Por qué observar con los ojos del ahora a la Europa de la Restauración en El viajero del siglo?
Porque hay tremendas concomitancias entre principios del siglo XIX y el XIX y, a veces, confundimos el presente con la actualidad. La actualidad dura 48 horas, el presente dura siglos, el presente es también un tiempo histórico y todos nuestros conflictos tienen un origen, unas razones históricas.Entonces, la Europa de la Restauración es un momento que, en lo político, es muy parecido al nuestro, cuando hay un gran desencanto de las revoluciones.
En este caso, Napoleón, visto con nuestros ojos, es un caudillo de izquierda que empieza proponiendo libertades, constituciones, derechos, redistribución de riquezas y termina convertido en el emperador más poderoso de su tiempo, que ha destronado a los monarcas para ocupar su lugar y que invade países para anexionárselos y que se convierte en el terror de Europa. Eso deriva de un proyector libertador revolucionario a un régimen totalitario que causa una gran decepción con respecto a las revoluciones en el tiempo de la Europa de la Restauración.

Y Occidente ahora vive un momento bastante parecido, desde la caída del comunismo hay una gran desorientación en cuanto al compromiso político, una gran desconfianza de las revoluciones y, a la vez, eso es un pretexto para que se hayan generado movimientos conservadores. El neoliberalismo y el ultraconservadurismo de las últimas décadas se explican precisamente por el fracaso del comunismo, que se provocó él mismo. Esto, a su vez, deja a los intelectuales sin causa con la que identificarse y las fuerzas conservadoras tienen un pretexto para no cambiar nada. Es una Europa sumida entre las ruinas de lo que no pudo ser y la incertidumbre del porvenir. Por otra parte, es una época que afectó muchísimo tanto a Europa como a América. Sin la Revolución Francesa ni Napoleón no hubiera habido independencias en América.
Todo lo que ha sucedido en Europa desde el siglo XIX ha afectado el destino de América y siguió siendo así durante las guerras mundiales. Por otro lado, el cambio del rol de la mujer empieza en el siglo XIX. Después de la Revolución Francesa, la enajenación de mujeres es importante en Europa. Es la generación de Mery Shelley, autora de Frankestein; de George Sand, esta mujer que decide vestirse de hombre y no casarse y tener una vida completamente rebelde. A esa generación pertenece la protagonista de mi novela, Sophie, a la primera generación de mujeres que en sus cartas, diarios y novelas empiezan a manifestar la contradicción entre sus ambiciones profesionales, sus vocaciones intelectuales, por un lado, y sus obligaciones de madre y esposa, por el otro.

Un tiempo dentro de un tiempo nos lleva a una historia dentro de una historia, ¿la literatura es ahora un cúmulo de referentes históricos?
Hay novelas de toda clase. Lo que sí está claro es que ahora vivimos en una época de mucha superposición de tiempos y espacios. Cuando navegamos en Internet, ¿dónde estamos? En ninguna parte. Leemos la prensa del país que sea, leemos blogs en los que participa gente de todos los países, ¿cuál es la patria de esas páginas? Ninguna. ¿En qué momento sucede Internet? En el presente tenemos información sobre el pasado y un anuncio de futuro. Entonces vivimos una suma de tiempos y de espacios.
En ese sentido, es probable que las novelas participen cada vez más de esa simultaneidad espacio-temporalidad, pero creo que también alguien tiene el derecho de renunciar a todo esto y hacer una novela completamente diferente. Precisamente esta novela participa de esa simultaneidad, pero trata de recuperar algo que hemos dejado de hacer que es la creación de personajes, la introspección psicológica, el amor al detalle, valores del siglo XIX. También trata de poner a dialogar toda la idea que tenemos del zapping, de la impaciencia, del audiovisual del cine y de recursos literarios que pertenecen al siglo XX.

¿Qué de similar tiene Hans, el protagonista de El viajero del siglo, con Bel Ami, de Guy de Maupassant?
Puede que tenga similitudes. Yo estaba pensando en muchos autores del XIX mientras escribía pero también en películas y autores contemporáneos. Pensaba en Madame Bovary y en contar lo que hay detrás de la cortina de esa novela. Mi idea era retomar la escena del carruaje, donde sucede una serie de cosas que no podemos ver porque hay una cortina. La idea era correrla y narrar el momento más indecoroso y menos oportuno. También yo pensaba en Tolstoi y en Turgueniev, quienes narraban salones literarios de forma irónica y divertida. Pensaba en Jane Austen y sus grandes personajes femeninos.
Hans es un personaje que resume el siglo XIX y que, por supuesto, tiene que ver con Bel Ami, pero por otra parte es un hombre venido de otro lugar y tiempo del futuro, porque Hans parece saber cosas que en la novela todavía no han ocurrido. Hans es un personaje anacrónico, es un puente entre nuestra conciencia histórica y la conciencia histórica de entonces. Carga consigo un arcón con libros y cosas, abre el arcón y obtiene lo que necesita. Ese arcón es como Google, además no quiere que nadie lo vea, es la ventana entre dos tiempos. Hans y Sophie son Frankestein de grandes personajes decimonónicos, por un lado, y preocupaciones contemporáneas, por el otro. Sophie, en un momento dado, dice: “Quiero tener hijos pero no quiero ser madre”, lo que es una preocupación en las mujeres de mi generación, quienes no quieren renunciar a la maternidad pero saben que esta acarrea una serie de obligaciones que podrían obstaculizar su vida profesional o sus ambiciones personales.

¿Qué personajes de la literatura son tus referentes?
Me gusta Julien Sorel, de Rojo y negro. Es un personaje que consigue contar una historia política a través de sus hechos íntimos. Rojo y negro, leída con mentalidad perversa, es la historia de Bonaparte. Sorel es Bonaparte o es un bonapartista que cumple con todos los clichés de Bonaparte. Es un tipo que va ascendiendo, va destronando y va dejando atrás amos hasta él llegar a la cima. Rojo y negro es la historia de alcoba del bonapartismo. No solamente los personajes hablan de política sino que fornican o se emocionan políticamente y eso me gusta de Sorel. Es un personaje muy político a pesar de que se pasa toda la novela tratando de seducir una mujer o siendo seducido o metiéndose en un dormitorio ajeno. Ese es un personaje que me gusta mucho.
También me gusta el personaje de Ana Karenina, con ese terrible conflicto de la mujer adúltera, que en términos de novela es trágico. En la educación sentimental clásica, el hombre es el que sale a la calle y tiene una vida exterior a su familia. La mujer adúltera es aquella que se ve encerrada en su vida doméstica y, por su necesidad, lleva una doble vida aunque sea en su imaginación, mediante la lectura, mediante la cultura. Ana Karenina o Bovary necesitan construirse una vida o tener una doble vida, yo pensaba en ellas al construir los conflictos de Sophie, que necesita, debe y quiere casarse con un poderoso terrateniente que le conviene, necesita que alguien la mantenga para poder seguir leyendo y traduciendo; la misma razón por la que Sor Juana se hizo monja. No obstante, ese matrimonio no la llena en absoluto y no es la clase de hombre que a ella más le interesaría. Se ve en la obligación de mantener las dos cosas y eso es lo trágico, por conveniencia debe estar casada y para ser feliz tiene un amante. Esa es la gran contradicción de los personajes femeninos decimonónicos.
En cuanto a lo contemporáneo, me interesan los personajes de Franz Kafka y de Bolaño. Hans y Sophie establecen una relación donde el sexo y la cultura se retroalimentan. Cuanto más se acuestan más quieren traducir juntos y cuanto más traducen más se desean. Bolaño nos enseñó a unir dos opciones literarias que estaban divorciadas en el imaginario colectivo: el modelo Bukowski, con mucha calle, mucho sexo, mucha noche y el modelo Borges, metaliteratura, reflexión teórica, cultivo de la inteligencia. Bolaño caminaba en esas dos corrientes, las reúne. Yo quería algo así para la historia de Hans y Sophie, que ninguna referencia literaria dejase de tener un sentido sensual y que ninguna necesidad ni deseo físico dejase de remitir a una obra literaria. También pensaba en el cine expresionista alemán con esos decorados laberínticos, esas sombras retorcidas y esas calles oscuras. Wradenburgo es como El gabinete del Dr. Caligari y también es como El ángel exterminador de Luis Buñuel.
Wandernburgo es una ciudad mutante, en la que los extranjeros y los forasteros tienen la sensación de que las calles, por la noche, se reordenan y al día siguiente es imposible orientarse; sin embargo, los lugareños se orientan perfectamente en esa ciudad.

¿Qué diferencias hallas en el proceso de escritura de Bariloche con El viajero del siglo?
Bariloche tenía un diseño estructural bastante claro. No creo que cuando somos más jóvenes somos más intuitivos y apasionados y que cuando envejecemos somos más calculadores. También, el joven cree tener convicciones acerca de todo y -conforme va madurando- va cayendo en la incertidumbre. Creo que el tiempo te da y te quita intuiciones y premeditaciones. En esta novela hubo una preparación previa que no había habido antes, pero eso no es porque haya perdido la inocencia sino porque era lo que requería esta novela. En realidad que yo siento cada vez más que no sé cómo se escribe. Tengo muchas menos certezas que antes, ahora me dejo guiar por la intuición y tengo menos teorías rígidas acerca de las cosas y también acerca de la escritura. En el viajero del siglo hubo una estructura marcada pero por la estructura del libro. No me gusta repetir fórmulas, detesto escribir un libro que ya sé cómo va a ser y no me gusta sentir que hay trucos que puedo volver a utilizar. Para mí, el ideal de hacer un libro es que sea, igual que en el amor, por primera vez. En al arte, lo ideal no es ir dominando tu oficio y convirtiéndote en un artesano experto, sino más bien ir perdiendo las certezas y sentir que es un milagro estar escribiendo y sentir que no sabemos cómo lo hacemos. La escritura es una recuperación del asombro y esta idea, que es tan diferente a las anteriores, me permitió replantearme cómo se hace una novela, cómo se la reestructura, cómo se preparan personajes.

El viajero del siglo varió en el camino. En esos años de preparación previa yo ya fui viendo cómo se formaba la estructura. Cuando empecé a escribirla ya tenía bastante clara. Cada día que me levantaba descubría algo nuevo sobre el libro. El libro iba a ser el encuentro entre dos personajes de una canción de Schubert, Viaje invierno: un caminante sin rumbo y un organillero que está en un rincón de una plaza, uno joven, otro viejo, uno nómada, otro sedentario. El uno es culto, el otro no. La primera idea la tuve a mediados de 2003. Los personajes fueron creciendo en la imaginación hasta finales de 2005. En esos dos años se fue revelando una cantidad de historias y personajes importantes.


Termina la conversación Andrés, reivindicando los personajes literarios decimonónicos y hablando de la estética de la película María Antonieta, de Sofía Coppola, la que, aunque parezca inocente y liviana, guarda implícitamente el tema político que se viene con fuerza desde el exterior de su palacio para acabar con ella y su reinado.

Gracias

martes, 30 de junio de 2009

Pina Bausch, la vanguardia de la danza


Redacción Internacional, 30 jun (EFE).- Pina Bausch, bailarina y coreógrafa alemana que revolucionó la danza contemporánea y se mantuvo siempre en la vanguardia, nació en Solingen (Alemania) en 1940 y murió hoy, con 68 años, a causa de un cáncer que le habían detectado hace cinco días. Inició sus estudios de danza clásica y moderna en la escuela de Arte de Essen bajo la supervisión de su primer maestro, Kurt Joos, en cuya compañía empezó sus trabajos como coreógrafa. Cuando contaba 19 años se trasladó con una beca a la prestigiosa escuela Juilliard de Nueva York.
En 1961 fue contratada por la Metropolitan Opera House de Nueva York donde realizó pequeñas incursiones en el mundo de la coreografía. Un año más tarde regresó a Alemania contratada como solista por el Folkwang Ballet, donde presentó desde 1968 sus propias coreografías y del que fue nombrada directora en 1969. Pero fue en 1973, al aceptar la dirección de la Compañía de Danza del Teatro Wuppertal (Alemania), cuando comenzó a ser famosa.
En 1974 realizó su primera coreografía importante, la ópera Ifigenia en Táuride, de Gluck, y en 1975 la de Orfeo y Eurídice, del mismo compositor. En 1976, con motivo de la preparación de Blaubart-El castillo de Barba Azul de Bartok, la coreógrafa se sintió electrizada por el ruido de las hojas secas diseminadas por el escenario y comenzó a experimentar un nuevo método de trabajo. Pero su consagración internacional llegó con su participación en el Festival de Nancy (Francia), en 1977, año en el que creó una de sus coreografías más famosas, La consagración de la primavera.
La desaparición en un accidente de su compañero y coreógrafo Ralf Borzik en 1980 llevó a Bausch a canalizar sus sensaciones y a crear uno de sus mejores espectáculos que rozaba la frontera entre la danza y el teatro que tituló precisamente 1980 y que estrenó como homenaje en el Festival de Aviñón (Francia).
En ese mismo año y antes de fallecer Borzik, Bausch había creado su famosa pieza Café M ller, considerada la más intimista, que estrenó con el bailarín Dominique Mercy y en la que el propio Borzik participó en los decorados.
En 1982 dirigió la coreografía Nelken (Claveles), un montaje inspirado en diferentes músicas, desde Schubert hasta el jazz o Fran Léhar y que fue modificando a lo largo de los años.
Reconocida internacionalmente como la fundadora del movimiento más innovador y vanguardista de la danza-teatro, Pina Bausch diseñó también coreografías con todo tipo de músicas, desde clásicas, ritmos africanos, fados o tangos.
Masurca fogo fue un fado que le encargaron para el Festival de los Cien Días de Lisboa, previo a la Expo de 1998 de Lisboa y que realizó como homenaje a esta ciudad.
La coreógrafa visitó España en varias ocasiones. En 1985 actuó en el Festival de Otoño de Madrid donde presentó Café M ller, certamen en el que volvió a actuar en 1991. Siete años más tarde volvió a actuar en Madrid, esta vez en el Teatro Real, donde presentó una de sus creaciones más aclamadas, Ifigenia en Táuride.
En octubre de 2006 estrenó en Madrid Nefés dentro del Festival de Otoño y en octubre de 2008 agotó todas entradas de su espectáculo, Vollmond.
Pina Bausch alternó la danza con incursiones en el cine como el papel que desempeñó de ciega a las órdenes de Federico Fellini en Y la nave va o en Hable con ella, de Pedro Almodovar, donde su danza fue el prólogo de la historia de dos mujeres en coma.
En 1999 fue galardonada con el Premio Europa de Teatro y en 2007 el Festival de Danza de la Bienal de Venecia le otorgó el León de Oro a la carrera por marcar una "vía original en la expresión escénica del cuerpo".
Una originalidad que hizo de Bausch una de las más importantes coreógrafas contemporáneas especialmente por el uso de superficies naturales para desarrollar sus bailes y la mezcla de diversas ramas artísticas. Y que hará de las coreografías que ideó piezas para la historia de la danza que han inspirado e inspirarán a generaciones de bailarines y coreógrafos. (EFE)