martes, 13 de enero de 2009

La filosofía del vértigo de Emil M Ciorán

Lo que veneramos en nuestros dioses son nuestras derrotas en hermoso.
Reconozco, por lo demás, que soy el sabio que nunca seré.

“Si no tiene usted la fuerza de desmoralizarse con esta época, de ir tan bajo y tan lejos como ella, no se queje de ser un incomprendido…”… Ciorán nos propone una visita permanente al sótano del edificio de las civilizaciones modernas porque al proyectarse el hombre hacia la burda meta de la felicidad, ser ninguno sabrá entender las aspiraciones progresistas -decadentes para el ser- que el occidentalismo quiere imponer en nuestra manera de conducirnos por la vida. La felicidad no es la panacea ni la meta, es el momento, una vez al día o cinco veces por semana.

La tentación de existir, traducida al español por Fernando Savater, es una obra de 11 capítulos en los que, aunque su autor el rumano Emil M Ciorán no se endilgue él mismo en la filosofía, podemos elucubrar y hasta cuestionar el existencialismo heredado por Nietszche y desdibujado por el autor para dar un entendimiento a la decadencia y hasta la muerte como la búsqueda de una añorada libertad.

Ciorán no es el filósofo de la maldad, es el pregonador de la antibondad, el agorero de la posmodernidad sepultada en sociedades que progresan ergo decadentes. Es el estertor de un existencialismo que termina por definitivamente dejar de serlo, para construir a su vez un antiexistencialismo basado en el odio al ser, que se halla en el vértigo amoral de la pesadilla que significa existir, ser artista y utilizar a la palabra, el eterno disfraz. El ser que quiere Ciorán es un no-ser, pero es solo una idea “pecaminosa” porque para ser un no-ser simplemente hay que dejar de ser un humano y morir. Así las cosas, la muerte omnispresente en la idea de no-ser es luz en el embuste de la palabra. “Idólatras del gesto, del juego y del delirio, gustamos de los que arriesgan el todo por el todo, tanto en poesía como en filosofía. El Tao-tekin va más lejos que Une saison en enfer o Ecce Homo. Pero Lao-Tsé no nos propone ningún vértigo, en tanto que Rimbaud y Nietzsche, acróbatas que se contorsionan en el punto extremo de sí mismos, nos invitan a sus peligros. Solo nos seducen los espíritus que se han destruido por haber querido dar un sentido a sus vidas”. Ciorán realza la destrucción que el vértigo de quienes han vivido al borde les ha causado in extremis ora con la palabra ora con la sabiduría, uno de sus venenos.

Ciorán dejó de existir hace ya mucho tiempo o nunca existió en su esencia o simplemente se sintió tentado a existir. La tentación de existir es una propuesta de vida, una crítica que parte desde lo político hasta la muerte vista como paraje inevitable al que cada instante de la existencia lleva a desembocar irremediablemente. La muerte desde el enfoque cioranesco no es sombra, es luz, es tan luminosa que arranca la vista de los humanos, quienes no alcanzan a contemplar la magnificiencia de la culminación de la vida; están enceguecidos de miedo. “No hay miedo, solo hay este miedo que se desenvuelve y se disfraza de instantes…, que está ahí, en nosotros y fuera de nosotros, omnipresente e invisible, misterio de nuestros silencios y de nuestros gritos, de nuestras oraciones y de nuestras blasfemias. Pues bien: es precisamente en el siglo XX donde, floreciente, orgulloso de sus conquistas y de sus éxitos, se aproxima a su apogeo”. “En dosis normal, el miedo, indispensable para la acción y el pensamiento, estimula nuestros sentidos y nuestro espíritu; sin él no hay acto alguno, sencillamente…Quien tiembla sueña con hacer temblar a los otros, quien vive en el espanto, acaba en la ferocidad”.

La no existencia es su nirvana. Nadie no-existe, solo aquel que logra la liberación. ¿Qué es la liberación? Ciorán en su obra dice que solo aquel quien se rebele o se aparte de las palabras será libre. La libertad procede de uno mismo si uno efectivamente se empeña en ella. El mundo de la nada, el eterno vacío, esa es la libertad, en la que el humano ha roto todo lazo especialmente el de las sensaciones. “Si queremos recobrar nuestra libertad, lo que nos cuadra es deponer el fardo de la sensación, no reaccionar ya al mundo por medio de los sentidos, romper nuestros lazos. Empero, toda sensación es lazo, el placer tanto como el dolor, la alegría como la tristeza. Solo se libera el espíritu que, puro de todo contubernio con ser es u objetos, se ejerce en su vacuidad”.

Para Ciorán, el sufrimiento asegura la existencia. “Sufrir: única modalidad de adquirir la sensación de existir; existir: única forma de salvaguardar nuestra perdición. Así será en tanto que una cura de eternidad no nos haya desintoxicado del futuro, en tanto que no nos hayamos acercado a ese estado en el que, según un budista chino, “el instante vale diez mil años”.


Antiexistencialismo: el no-ser


Ciorán es el filósofo antiexistencialista por antonomasia. El ser ya no es la esencia de la existencia sino más bien una máquina de ficciones que se desdibuja en el tiempo y se agota en él, un no-ser, un no-muerto, es decir una apología cuasi vampiresca; una especie de esperpento que ni siquiera logra divisar el caduco nihilismo. Ciorán representa a la muerte de la existencia, es el cadáver del siglo XX y el feto del siglo XXI. “Me agito, emito un mundo tan sospechoso como esa especulación mía que lo justifica, me desposo con el movimiento, que me transforma en generador de ser, en artesano de ficciones, mientras que mi verdadero cosmogónico me hace olvidar que arrastrado por el torbellino de los actos no soy más que un acólito del tiempo, un agente de universos caducos”.

Este ser que nos propone Ciorán no busca la felicidad como se nos ha planteado a través de las religiones o filosofías orientales, sino a la tendencia, quizá masoquista quizá no, de disfrutar de la desdicha a través de un moderno epicureísmo: el dolor como parte integral de la existencia, esa también es parte del ser absoluto. “Hemos elegido desaparecer por nuestras obras, no por nuestros silencios: nuestro futuro se lee en la risotada de nuestros rostros, en nuestros rasgos de profetas mortecinos y afanosos. La sonrisa de Buda, esa sonrisa que flota sobre el mundo, no ilumina nuestros rostros. A lo máximo, concebimos la dicha; nunca la felicidad, privilegio de las civilizaciones fundadas sobre la idea de salvación, sobre la negativa a saborear sus males, a deleitarse en ellos; pero sibaritas del dolor, retoños de una tradición masoquista, ¿quién nos columpiará entre el sermón de Benarés y el Heautontimoroumenos? “Soy la herida y el puñal: tal es nuestro absoluto, nuestra eternidad”. La existencia constituye una retahíla de de impurezas en la que –aun cuando Ciorán propone la desligazón de sensaciones- se mezclan las vísceras de la pasión de los seres humanos.

El no-ser precisamente parte de su pesadilla en la que no es compatible con el mundo exterior y su negativa ante el objeto por lo que de antemano la idea de bien se anula, en este punto de las cosas, aparece la imagen del Diablo, no como el supremo dios de la maldad si no como un arquetipo del no-ser, de la negativa entregada hacia el universo presente. “¿La fórmula del infierno? Es en esa forma de rebelión y de odio donde hay que buscarla, en el suplicio del orgullo derribado, en esa sensación de ser una terrible cantidad desdeñable, en los tormentos del “yo”, de ese “yo” por el que comienza nuestro fin…”. Aquí es donde la maldad adquiere una fuerza monumental en la filosofía cioranesca porque es cetro y corona de la rebelión. “Sabiduría y rebelión: dos venenos. Incapaces de asimilarlos ingenuamente, no encontramos en ninguno de los dos una fórmula de salvación. Sigue siendo cierto que en la aventura luciferina hemos adquirido una maestría que nunca poseemos en la sabiduría”. El no-ser lógicamente está despojado de materia etérea, no cree en el espíritu ya que este es un vampiro que chupa la sangre o la sustancia que ataca a las civilizaciones.


Sobre la literatura y el poeta

La poesía es la ligazón hacia las sensaciones y viceversa. La prosa no pertenece a los intuitivos, sino a seres racionales que se supeditan a la palabra tal cual es. No sea crea con la prosa sino que con esta se critica la creatividad de la poesía. Genialidad versus misticismo equivale a prosa versus verso. “La prosa exige un genio reflexivo y una lengua cristalizada, la poesía es perfectamente compatible con un genio bárbaro y una lengua informe. Crear una literatura es crear una prosa… ¡Poesía! Esta palabra que, con su sola presencia, me hacía antaño imaginar mil universos, no despierta ahora en mi espíritu más que una visión de ronroneo y nulidad, fétidos, misterios y preciosismos”.

El poeta yace en una mordaz literalidad, reitera sus miserias, no tiene pudor, es un desvergonzado, se va gastando con cada palabra que escribe. “Vaciado por su fecundidad, fantasma que ha gastado su sombra, el hombre de letras disminuye con cada palabra que escribe. Solo su vanidad es inagotable; si fuera psicológica tendría límites, los del yo. Pero es cósmica o demoníaca y le sumerge. Su ‘obra’ le obsesiona: alude a ella sin cesar, como si, sobre nuestro planeta, no hubiese, fuera de él, nada que mereciese atención o curiosidad”.

El escritor representa la antítesis de la filosofía de Ciorán pues está estrechamente vinculado al pecado de la palabra, ya que el oficio de escribir es un acto que le conduce al ser humano a su declive. No obstante esta acción no deja de ser tentadora aunque con el peligro de volverse superflua e incluso egocéntrica. “Escribir libros no deja de tener alguna relación con el pecado original. Pues, ¿qué es un libro, sino una pérdida de inocencia, un acto de agresión, una repetición de nuestra caída? ¡Publicar sus taras para divertir o exasperar! Una barbaridad para con nuestra intimidad, una profanación, una mancilla. Y una tentación…Más fácil es renunciar al pan que a las palabras. Desdichadamente, la palabra resbala hacia la palabrería, hacia la literatura. Incluso el pensamiento tiende a ello, siempre listo a expandirse, a inflarse; detenerle por medio de la agudeza, reducirlo a aforismo o a donaire”.

Entonces el pecado de escribir con su apoteosis la palabra, a la vez que exorcismo representa el total impedimento para la no-existencia en su vigor, recuérdese que la no-existencia sería la propuesta filosófica de Ciorán. Estamos subordinados al espíritu manipulador de la palabra, ella conduce los estadios de nuestra existencia a través del disfraz de una supuesta búsqueda que no es sino ficcional, ergo somos los hijos vulnerables de la literatura, de la novela. “Errónea o acertadamente, he acabado por hacer responsable a todo un género, por envolverlo con mi rabia, por ver en él un obstáculo contra mí mismo, el agente de mi desparramiento y el de los otros, una maniobra del tiempo para infiltrarse en nuestra sustancia, la prueba definitiva de que la eternidad nunca será para nosotros más que una palabra y una nostalgia. “Como todo el mundo, eres hijo de la novela”, tal es mi estribillo y mi derrota”.

Hay una pertinaz diferencia entre el humano “normal” y el poeta; este último es un mequetrefe, el mentiroso por excelencia que se encuentra no obstante en un plano superior al de cualquier fantoche. “Tras haber paladeado las apariencias, el poeta no puede olvidar su sabor; es un místico que, a falta de poder elevarse a la voluptuosidad del silencio, se limita a la de la palabra. Un charlatán de calidad, un charlatán superior”. Pero la mentira del humano, el espíritu embustero de un cualquiera, está por encima de las de los poetas porque allí aparece un choque que da lugar al debate entre la ortodoxia del discurso y la herejía del verso. “El poeta, por su parte, juzga de modo diferente: se toma el lenguaje en serio, crea uno a su manera. Todas sus singularidades proceden de su intolerancia por las palabras tal como son. Incapaz de soportar su banalidad y su desgaste, está predestinado a sufrir a causa de ellas y por ellas; y, sin embargo, por ellas intenta salvarse y de su regeneración espera su salvación….inventar –poéticamente- es ser un cómplice y un ferviente del Verbo, un falso nihilista: toda demiurgia verbal tiene lugar a expensas de la lucidez…”.

Aun así se ensalza la imagen del poeta, es el símbolo de la desligazón de la no-existencia (ya que el hombre no puede ser un no-ser por el solo de hecho de comunicarse con palabras), el habitante del universo seudovacío..el poeta es un monstruo, es otra realidad preferible a la nuestra, hace versos que poseen más sustancia que la palabra de cualquier humano. “Quien ha tenido la desdicha de pasar por las letras guardará siempre el fetichismo del giro o alguna superstición de la que solo se benefician las palabras…La ‘verdadera vida’ está fuera de las palabras”. De esta forma la no-existencia se ubica fuera de la palabra, para no-existir debemos hacerla desaparecer. En este punto, Ciorán preconiza a Nietszche como su páter filosófico a la vez que su mayor opuesto al descalificar el existencialismo y colocar sobre el tapete al no-existencialismo, al nihilismo del absurdo.

El poeta no es un no-ser, es el ejemplo de cómo ser un verdadero ser o un anti no-ser, manda en un reino, el reino de la palabra. Bienvenidos al reino de la palabra, su majestad la palabra, que embustera domina a la humanidad que no puede deshacerse de ella. Dios es ya un charlatán y somos una improvisación de este presunto dios.


Destrucción para la construcción del no-ser

La nada era sin duda más cómoda. ¡Qué molesto es disolverse en el ser!

“Me odio: soy un hombre; me odio absolutamente: soy absolutamente hombre. Ser consciente es estar dividido uno mismo y odiarse. Este odio zapa nuestras mismas raíces, al mismo tiempo que proporciona savia al Árbol de la Ciencia”. El hombre debe saber destruirse, debe aprender a odiarse, debe deshacerse de sus vísceras, la vida misma nos impide la realización del no-ser. Hasta dilucidar el aniquilamiento pre no-ser, que está simbolizado por la muerte, el hombre debe ser poeta, el humano debe caminar a su manera y habitar en la comarca de la palabra como un súbdito más. “Uno no destruye sino que se destruye uno. Me he odiado en todos los objetos de mis odios, he imaginado milagros de aniquilamiento, he pulverizado mis horas, he experimentado las gangrenas del intelecto. Instrumento o método en un principio, el escepticismo ha acabado por instaurarse en mí, por llegar a ser mi fisiología, el destino de mi cuerpo, mi principio visceral, el mal del que no sé cómo curarme ni cómo perecer….Me destruyo a mí mismo y así lo quiero; mientras tanto, en ese clima de asma que crean las convicciones, en un mundo de oprimidos, yo respiro; respiro a mi manera”.

“Recordad más bien la frase del sabio Flaubert: ‘Soy un místico y no creo en nada’. Veo en ella el adagio de nuestro tiempo, de un tiempo infinitamente intenso y sin sustancia. Existe un placer que es nuestro: el del conflicto como tal. Espíritus convulsivos, fanáticos de lo improbable, descoyuntados entre el dogma y la aporía, estamos tan dispuestos a saltar hacia Dios por rabia como seguros de no vegetar en él”.

¿Qué es lo verdadero, lo que nos convertirá en no-seres? La muerte. Mientras tanto todo es un disfraz, máscara efímera, porque lo permanente es el no-ser. “A menudo, más acá de todas las cosas, me deslizo hacia el punto de inexistencia de cada objeto. El yo: una etiqueta. Paralelo a mi rostro, me miro en mis miradas. Cada cosa es otra, todo es otro. En algún sitio, un ojo. ¿Quién me observa? Tengo miedo y, sin embargo, soy exterior a mi miedo”. La muerte es la gran nada, superior a esta mascarada que representa la existencia para Ciorán. La muerte es el gran no-ser por eso el gran “sí es el sí a la muerte”. “La vida, lejos de ser, como pensaba Bichat, el conjunto de las funciones que se resisten a la muerte, es, más bien, el conjunto de las funciones que nos arrastran a ella”, expone.

He aquí la muerte idealizada, el Hades del filósofo antiexistencial, la muerte imaginada –tal cual poeta- y embadurnada de romanticismo y ensoñación. El cadáver y el hedor a enfermedad están lejos del contexto de esta muerte fresca que más bien se llama no-existencia, una vida alterna, una dimensión por cuya puerta entraron los malditos simbolistas de la literatura ensalzados por Ciorán. Su riesgo los encaminó con encandilados ojos a la no-existencia. “Para rejuvenecernos por el contacto con la muerte, llega a ocurrirnos el invertir en ella todas nuestras energías, concebir por ella, según el ejemplo de Keats, un apego casi amoroso o constituirla, con Novalis, en el principio que ‘hace romántica’ la vida. Si este último debía llevar la nostalgia hasta la sensualidad, si efectivamente un sensual de la muerte, le estaba reservado a otro, a Kleist, sacar de ella una ‘felicidad’ muy íntima”.

Y esta misma nos incita el vértigo, su misma idea, paralela a la destrucción nos sonsaca del aletargamiento de la existencia de la búsqueda a la felicidad. “Aniquilamiento primaveral, realización más que abismo, la muerte solo nos da vértigo para mejor elevarnos por encima de nosotros mismos, a idéntico título que el amor, con el cual está emparentado por más de un aspecto: uno y otra, forzando el marco de nuestra existencia hasta el punto de hacerlo estallar, nos desintegran y nos fortifican, nos arruinan por el rodeo de la plenitud”.

“Si lo logramos, los acordes atraviesan nuestra sangre, nuestras venas se dilatan, nuestro secretos tanto como nuestros recursos aparecen en nuestra superficie en la que el asco y el deseo, el horror y el arrobo se confunden en una fiesta oscura y luminosa. La aurora de la muerte se levanta en nosotros. ¡Trance cósmico, estallido de las esferas, mil voces! Nosotros somos la muerte y todo es la muerte. Nos arrastra, nos lleva, nos arroja al suelo o nos lanza más allá del espacio. Intacta desde siempre, las edades no la han desgastado. Cómplices de su apoteosis, sentimos su frescura inmemorial y ese tiempo que no se parece a ningún otro, que le es propio, y que nos hace y nos deshace sin cesar. Mientras nos tenga y nos inmortalice en la agonía, no podremos nunca permitirnos el lujo de morir; y aunque poseamos la ciencia del destino y seamos una enciclopedia de fatalidades, empero nada sabemos, pues es ella quien todo lo sabe en nosotros”.
La muerte un día vendrá aclamada por el miedo del hombre que con sensaciones que lo inferiorizan busca romper el yugo que le impone el reino de la palabra. Anacoreta de la poesía no le queda más al ser, que busca la no-existencia, rendirse ante la estética del arte superior a la ordinariez del espíritu charlatán del ser que existe. Es preferible dominar la palabra en verso que dejarse morir en la prosa… Para no-existir es necesario que la palabra en superior haya sido el corolario de la existencia del humano que está Hades ad portas.

1911-1995

9 comentarios:

Tyler Durden dijo...

Desconfío de Cioran por la sencilla razón de que murió de viejo como un abuelito... sé que es difícil vivir una vida siendo consecuente al 100% por las ideas, pero es que todas las ideas de este hombre conllevan al suicidio.

Prefiero a Camus, me resulta mucho más consecuente y liberador, aunque al final tampoco lograse evitar "saltar" presentándonos al hombre como un Sísifo dichoso...

Ya me dirás que opinas de lo que opino, salu2!

Tyler Durden dijo...

Te recomiendo también Ensayo sobre Cioran, también de Fernando

Gato Negro dijo...

No obstante yo confío en la filosofía de Ciorán tanto en la muerte como símbolo de destrucción de la existencia del ser actual para conformar un no-ser y en el poeta como el rey de la comarca de la existencia actual antes que conformarse con ser un hombre común o embustero, porque recuerda que la palabra es lo que nos impide ser libres. Entonces si estamos supeditados a la palabra, ¿por qué no crear con ella?, ¿por qué no buscar el Parnaso, exaltado por Ciorán mediante los poetas malditos?
Por esto Ciorán me parece genial, es un escritor, paralelo a Dostoievski, un filósofo, un genio y un artista; para entrar en su pensamiento hay que despojarse tanto de la moral como de una idea de bien estructural....es complejísimo....

Tyler Durden dijo...

Cierto que la palabra, fruto del pensamiento, nos esclaviza, mas yo prefiero pensar que nos ofrece el mayor grado de "libertad" al que el ser humano puede y podrá aspirar... la capacidad de creación (de vida, palabra, arte...) es, para mí, el acto supremo de libertad humana o al menos la única grandeza de la que deberíamos presumir; pienso que crear es lo único que nos acerca a "Dios" (sustitúyase si se desea esta palabra por cualquier otro concepto que defina lo indefinible que está por encima) en un mundo que se descompone incesante (no a él como algo ajeno, sino dentro de nuestro ser).
Aunque lo máximo que puede llegar a defender a muerte un oblomovista como yo es que lo único que nos impide ser libres es el trabajo:-)

Haciendome el graciosillo, te diré que ser común en estos tiempos es casi lo menos común, y desde otras perspectivas el hombre común también puede resultar una figura enorme y trágica... y ser un embustero es inevitable en un mundo donde nada es estrictamente cierto y todo lo es, donde, por desgracia, todo está permitido...

De la moral me despojé hace tiempo, con las palabras juego, pero nunca logro despegar mis pies de esta tierra sucia y gris que me vio nacer y me absorberá

Gato Negro dijo...

Tengo algo más que decir, soy oblomovista!!!!

Rodericus Ignatius XVII dijo...

Cioran era un defensor del suicídio concibido como possibilidad, el suicídio como idea estimulante, que le ayuda uno a siguir viviendo. No hay contradicciones en el hecho de haber murido anciano. Además, estupendo texto.

snake dijo...

Cioran es un maestro.

Ahora mismo me estoy leyendo La tentación de existir. Sencillamente genial...

Juan Bör dijo...

Estaba buscando imágenes (vanamente) de Cioran mientras pensaba en mi propio insomnio. Pensé que a través de la imagen tal vez se me hacía presente su carnadura, su loca imbricación de cuerpo y palabra( qué ganas de decir pathos cuando pienso en Cioran). En Cioran todo es pathos y obra, todo es lúcida contradicción, sugerente oximoron. Ahora mismo voy a tomar " Adiós a la filosofía y otros textos". Estaba buceando por el bajofondo metafísico y te vi: hermosa, hermoso gato negro: desde mi abismal Buenos Aires te mando besos lúcidos ( o tal vez un poco paranoicos) de insomnio.

ALBERTO dijo...

Hola Gato Negro, sos hermosa y culta!, combinacion explosiva!, jaja, bueno, de Cioran opino lo mismo que vos, es un genio el tipo.